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La belleza nos salvará de la crisis. Reflexiones sobre la necesidad de los recuerdos a partir de Malick, Dostoievski y el Papa Francisco

La belleza nos salvará de la crisis. Reflexiones sobre la necesidad de los recuerdos a partir de Malick, Dostoievski y el Papa Francisco

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"Knight of cups" (2015) de Terrence Malick

  

 

La belleza nos salvará de la crisis. Reflexiones sobre la necesidad de los recuerdos a partir de Malick, Dostoievski y el Papa Francisco

 

 

Andrés Cárdenas - 21-07-2017

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El actor Wes Bentley, al hablar sobre el cine de Terrence Malick, afirma que es el tipo de películas que podría imaginar proyectada en las paredes de una galería de arte. Esta frase, técnicamente, no es una exageración: no está tratando de decir que se trata de historias tan buenas que merecerían estar en un museo. Lo que hace Bentley es constatar cuál sería el lugar más adecuado para disponerse a escuchar un determinado tipo de lenguaje. Porque Malick, al menos desde The tree of life (El árbol de la vida,2011) –y, si me apuran, desde The thin red line (La delgada línea roja, 1998)– no “relata”. Malick evoca, pinta, sugiere, repite, hace flotar, pregunta, vuelve. Los personajes y sus voces en off se entrecruzan creando un pequeño coro que no sabe bien hacia dónde dirigirse. Malick reza. Utiliza las herramientas fílmicas para componer textos más cercanos a la poesía –con su carga afectiva y cognoscitiva– que a lo que usualmente se ve en los cines.

 

En mis apuntes de Knight of cups (2015), después de una evidente carrera de mecanografía contra el audio de la película, entre varias palabras ininteligibles que se tropiezan entre sí, se lee: “Primeros cinco minutos excelentes”. Insisto en que es difícil contar qué es lo que sucede. Aparecen imágenes grabadas con una cámara antigua –un poco quemadas por la luz– de un niño correteando en la playa, de una barca en la orilla, de una cometa que vuela; escenas de pequeños jugando a las escondidas, empujando los columpios, lanzando la pelota para que el perro la traiga de vuelta. La voz dice: “¿Recuerdas la historia que te contaba cuando eras niño?”. Y, mientras lo anterior se reproduce en nuestra retina, la voz nos narra un fragmento de The Pilgrim’s Progress, novela alegórica de John Bunyan.

 

Se trata del relato de un príncipe que, enviado por su padre, el rey del Este, viaja a Egipto para encontrar una perla en las profundidades del mar. Pero cuando el príncipe llega a aquellas tierras extrañas, le dan de beber una copa que le quita la memoria. Se olvida de la perla. Y –lo que es verdaderamente trágico– se olvida que es hijo del rey. Todo esto lo estamos escuchando. En la pantalla de repente ya no aparecen niños jugando. Aparece Christian Bale –el guionista exitoso que hace las veces de protagonista de la película– en una fiesta lujosa y estridente, emborrachándose, riendo, rodeado de mujeres, ruido, luces de neón, pelucas de color rosa, tacones altísimos y disfraces surreales de ángeles y caballos. Y es que el tema de la memoria no es –ni mucho menos– un tema menor en las películas de Malick. No es casualidad que las últimas palabras de Knight of cups sean: “Hijo mío: recuerda”, o que The tree of life sea todo un ejercicio de memoria cósmica: el personaje principal, para comprender el sentido de la muerte de su hermano, debe antes recordar la creación del mundo.    

 

 

*     *     *

 

Tomás Baviera pronunció el pasado 6 de junio en el Ateneo Mercantil de Valencia la conferencia La belleza nos salvará de la crisis: la propuesta educativa de Dostoievski. El texto es, en igual medida, sugerente y ambicioso. Busca rastrear los presupuestos tanto de la concepción clásica como de la concepción moderna de libertad y hallar manifestaciones de estas en Los demonios o en Los hermanos Karamazov. Esta empresa, que daría tema para varios cursos universitarios, lo intenta hacer en un poco más de sesenta minutos sin salir mal librado. Siguiendo al filósofo norteamericanoMichael Gillespie, Baviera afirma, en la parte central de su conferencia, que “las profundas raíces de la modernidad son de carácter teológico”. Es decir, la concepción de libertad como autonomía o indiferencia no nace con avances científicos ni con el desarrollo de la ciencia política, sino con un cambio en la manera de entender a Dios. Un cambio que, paradójicamente, surge con la intención de salvaguardar la omnipotencia de la divinidad.

 

Al fraile franciscano Guillermo de Ockham no le parecía correcto –señala Baviera– que Dios estuviera “limitado” por un cierto orden intrínseco de la realidad. Las cosas no deberían ser buenas o bellas porque llevan en sí mismas esas características, sino porque un Dios todopoderoso lo ha querido así. Las cosas podrían perfectamente ser de otro modo. De esta manera el sentido del bien pasó a ser algo arbitrario, pasó a ser depender del consenso de una voluntad. “Toda la confusión proviene de tener que decidir qué es más bello: Shakespeare o un par de zapatos”, dice un personaje del escritor ruso. Y, de esta manera, esta decisión recayó bajo el ámbito de la ley, cuya misión, más que guiar hacia cierta excelencia, pasó a ser la de conformar al ciudadano a esa voluntad que decide cuál es el orden de la realidad. “Para Dostoievski –continúa– el eclipse del Dios creador se encuentra en la raíz del problema moderno de la libertad”.

 

Había dicho que la conferencia era ambiciosa. Como se ve, los temas que salen a la luz no son pocos ni sencillos, aunque siempre están ayudados de pasajes concretos de las novelas de Dostoievski. Finalmente se habla de una diferencia radical entre la concepción clásica de la libertad y su par moderna: que no da igual dirigirla hacia cualquier cosa. En una concepción clásica no da igual amar cualquier cosa. “¿Cómo cuidar esta libertad?”, se pregunta Baviera, para concluir con una cita del final de los Karamazov. Después de tan compleja lectura a la historia de las ideas, podría parecer, engañosamente, una sugerencia demasiado modesta: “Sepan, pues, que nada hay más alto, ni más fuerte, ni más sano, ni más útil en nuestra vida, que un buen recuerdo, sobre todo si lo tenemos de la infancia, del hogar paterno. (...). El que ha acumulado recuerdos de esta naturaleza es hombre salvado para toda la vida. E incluso si no quedara más que un solo recuerdo bueno en nuestro corazón, puede que algún día ese recuerdo nos salve”.

 

 

*     *     *

 

“En el frenesí en el que estamos inmersos, son muchas personas y acontecimientos que parecen como si pasaran por nuestra vida sin dejar rastro. Se pasa página rápidamente, hambrientos de novedad, pero pobres de recuerdos”. Pasar página como paradigma de un nuevo momento, como si haciéndolo se pudiera aniquilar el tiempo, la identidad, la narración de nuestra vida. Es inevitable volver a Knight of cups, a aquella escena en la que Christian Bale se sienta en un night club frente a Teresa Palmer haciendo de stripper. Él, como los personajes principales de Malick, observa con escepticismo. Pregunta: “¿Eres Julia, verdad?”. Ella responde sin dejar de moverse en la oscuridad iluminada por un azul fluorescente: “Eso cambia cada día. Puedo ser quien quiera ser. No olvides eso: puedes ser quien quieras ser. Puedes ser un idiota, puede ser un santo, puede ser un dios. Te diré un secreto pero no le digas a nadie: no existe eso de para siempre. Libre”. Para la stripper no existiría una cronología que concatene los eventos de su vida en una narración que puede ser recordada: su vida son fragmentos, cambios de nombre, intentos artificiales de renovarse cada noche.

 

Si buscamos en Google la cita que abría el párrafo anterior nos llevaremos la sorpresa de que las pronunció el Papa Francisco. Y no en cualquier momento, sino en el discurso sobre la fiesta del Corpus Christi, antes de llevar por las calles de Roma la Eucaristía. Una costumbre que puede parecer extraña, bastante poco moderna, la de sacar en procesión a un pequeño trozo de pan en el cual los católicos creen que está Jesús. Que es Jesús. Dice el Papa que al eliminar los recuerdos “la vida exterior se fragmenta y el interior se vuelve inerte”. La sabiduría judía está llena de esta valoración de la memoria: el recuerdo es algo que ha mantenido la esperanza en los destierros o en travesías que parecían interminables. En la celebración de la Pascua siempre el mayor de la familia se pone de pie y recuerda la historia de su pueblo. Justamente dentro de este evento anual es cuando Jesús, hace dos mil años, después de dar el poder de transformar esa comida en su cuerpo, se puso de pie y dijo: “Hagan esto en mi memoria”. Y aquí el tema se desborda a un nivel teológico que excede este artículo. Basta decir que se refiere a ese “alimento humilde que –siempre en palabras de Francisco– sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí”. Sanar la memoria. Temporizar la memoria a través de algo que es incluso más que un recuerdo: se trata de una memoria viva.

 

 

 

 

Andrés Cárdenas Matute (Quito, 1989) estudió periodismo en Ecuador y Chile. Ha colaborado en varios periódicos y revistas de América Latina como El Comercio, El Telégrafo, La República, Revista Mundo Diners o El Malpensante. Cursa estudios de doctorado en filosofía en Roma. En FronteraD ha publicado Compraron el seguro de un mundo en llamas. Una guía para ver ‘The big short’La incapacidad (nuestra y de los medios) para el diálogo. Miley Cyrus contra Gadamer y Noelle-NeumannEdward Hopper, el primer párrafo de un relato. Se habla demasiado del silencio.

 
 
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