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Lunes, 18 Diciembre 2017
14:08:13

Comprender lo invisible: el periodismo en la era nuclear; de los efectos de arrojar una bomba atómica sobre la conciencia

Anthony Dunne, Fiona Raby, and Michael Anastassiades. "Priscila Huggable Atomic Mushroom", 2004 Anthony Dunne, Fiona Raby, and Michael Anastassiades. "Priscila Huggable Atomic Mushroom", 2004

Bernardo Álvarez-Villar - 08-12-2017

fronterad

Y, se dijo,

en esta indudable cumbre de los siglos

en estas horas de deidad metódica

produzcamos un ángel:

ni corto ni perezoso

afanóse en hincar plumas de bronce y uranio

en el desvalimiento de la espalda de un hombre.

Jorge Riechmann

 

I.

 

No sabemos si la unidad militar en la que Claude Eatherly estaba destinado recibía The New Yorker. No sabemos, por lo tanto, si el 31 de agosto de 1946 el piloto Claude Eatherly pudo leer el relato de John Hersey sobre lo que sucedió el 6 de agosto del año anterior a 2.440 metros bajo la carlinga de su avión. Sí sabemos que se lo imaginaba y que se le aparecían en sueños rostros ensangrentados, una suerte de mecanismo inconsciente de la culpa. Sabemos también que pasó varios días sin hablar al conocer la magnitud del ataque y que a su vuelta a Estados Unidos estuvo dos semanas ingresado en una clínica psiquiátrica, pues al decir de los psicólogos Eatherly presentaba “sentimientos injustificados de culpa”. No sabemos, pero podemos imaginarlo, que aquel 31 de agosto el médico del cuartel le ocultó al piloto el ejemplar de The New Yorker, no fuera a ser que esos sentimientos de culpa encontrasen justificación (¡y qué mal le caería a un psiquiatra que un periodista le contradiga!). Otra cosa que sí sabemos es que Eatherly no se parecía en nada al presidente Harry Truman, que se jactó de haber “dormido como un bebé” la noche que ordenó bombardear Hiroshima.

 

 

Apenas dos años después del episodio que convulsionó su existencia, en 1947, Claude Eatherly abandonó el ejército de Estados Unidos. Al contrario que el resto de pilotos que participaron en el bombardeo (como Joe Stiborik, que declaró que para él “se trataba de una bomba más, pero más grande”), Eatherly no toleraba ser tenido por un héroe y rehusaba participar en homenajes. Los siguientes años los pasó malviviendo, aceptando empleos de baja cualificación con los que reunía unos pocos dólares para enviárselos a las víctimas de Hiroshima. Eatherly experimentó un sentimiento moral anómalo por masoquista; que desafía incluso a nuestro sustrato más animal al rehuir la inocencia y buscar activamente el castigo, la expiación de los pecados. Con este fin, hacia 1953 comenzó a cometer pequeños delitos buscando ser detenido y enviado a prisión. Pocos casos como el de Eatherly ilustran la porosidad de las definiciones de crimen y de locura, pues el Gobierno estadounidense no envió a su expiloto a la cárcel, sino al Hospital Militar de Waco (Texas), donde fue recluido en 1957.

 

En la figura de Eatherly convergen algunas de las encrucijadas morales que desgarran la modernidad. Podríamos ver en él sin demasiada dificultad el contrapunto de Adolf Eichmann, el funcionario nazi que gestionó con pulso y maneras de burócrata la deportación de miles de judíos a los campos de exterminio. No somos los primeros en hacer esta comparación; el propio abogado de Eichmann defendió durante el juicio que a su cliente se le podían exigir las mismas responsabilidades que a los pilotos de Hiroshima, es decir, ninguna. El propio New Yorker envió a Hannah Arendt a cubrir el juicio a Eichmann, donde la pensadora quedó aterrorizada por la facilidad de encontrar una coartada para el mal cuando el individuo está inmerso en un contexto de complejidad técnica o institucional, cuando es fácil lavarse las manos apelando a la debida obediencia al aparato o al desconocimiento de los efectos de la máquina que se está utilizando.

 

Hay una cierta ironía en que haya sido un exmarido de Hannah Arendt, el lucidísimo y por desgracia poco conocido filósofo polaco Günther Anders, quien advirtió la relevancia de Eatherly como Arendt advirtió la de Eichmann. Eatherly y Eichmann, dos arquetipos morales en la era de la técnica. El 3 de junio de 1959, Günther Anders le dirige a Eatherly, a la sazón interno en el psiquiátrico de Waco, la primera de las muchas cartas que se encuentran recogidas en el libro El piloto de Hiroshima. Más allá de los límites de la conciencia. Merece la pena reproducir algunas líneas:

 

“Hoy en día podemos ser utilizados, de forma subrepticia e indirecta –como piezas de una gran máquina– para acciones cuyos efectos se nos escapan a la vista y a la imaginación, pero que si fuéramos capaces de figurarnos, nunca podríamos aprobar; este hecho ha alterado los más profundos pilares de nuestra existencia moral. Así, podemos convertirnos en ‘inocentes culpables’, una condición que nunca había existido en los tiempos técnicamente menos avanzados de nuestros padres”.

 

Nunca se cansó de pedir la libertad para Eatherly, e incluso llegó a dirigirle en 1961 una carta al presidente John F. Kennedy, carta que no obtuvo respuesta. Para Anders, que los remordimientos morales del responsable de la muerte de cientos de miles de personas se calificasen de patológicos dice mucho de la distorsión de la normalidad en nuestra época.

 

Tal vez Eatherly da con la clave en una de las cartas que le escribe al filósofo: “la sociedad no puede aceptar mi culpa sin reconocer simultáneamente en sí misma una culpa mayor”. 

 

La vida y la obra de Günther Anders estuvieron atravesadas por su convicción de que, como escribió en sus Tesis para la era atómica, “el 6 de agosto de 1945 comenzó una nueva era”. Hasta los últimos años de su vida, el filósofo mantuvo un firme compromiso militante con el incipiente movimiento pacifista y antinuclear alemán, llegando incluso a participar en varias acciones de desobediencia civil. En las citadas Tesis, y con mucha mayor minuciosidad en su obra magna La obsolescencia del hombre, Anders hace referencia a Hiroshima para señalar: “somos incapaces de representarnos la inmensidad de tal catástrofe”.

 

Ahí acuña un concepto que deberíamos incluir en nuestro vocabulario cotidiano para despejar las incógnitas de estos tiempos de gigantismo tecnológico: el de “estímulo supra-liminal” que, al contrario que el estímulo subliminal, es demasiado grande para suscitar una reacción por nuestra parte. Del mismo modo que lo subliminal es aquello que se sitúa por debajo de nuestro umbral de percepción, el estímulo supra-liminal lo rebasa por mucho y se vuelve tan imperceptible como lo son las bacterias al ojo humano o el crecer de la hierba al oído. Aplicado al tema que nos ocupa, las implicaciones son estremecedoras: “la eliminación de 100.000 semejantes sobrepasa nuestro poder imaginativo”.

 

 

II.

 

¿Por qué se sentía culpable Claude Eatherly? Si se pone uno en la piel del piloto, no resulta nada fácil sentir el mordisco de la culpa; es casi un acto contranatura, como una suspensión de la ley de la gravedad. ¿Cómo iba nadie a torturarse solamente por haber apretado un botón? Parece inconcebible que los efectos devastadores que narra Hersey en Hiroshima tengan una causa tan diminuta, tan insignificante como un movimiento muscular que ni siquiera requiere un esfuerzo físico.

 

Antaño, un verdugo se veía obligado a fatigar sus brazos alzando el hacha para dejarla caer sobre el cuello de su víctima y comprobar que su esfuerzo producía un cadáver, cifra que nuestra percepción puede digerir sin mayor problema. Aún a día de hoy, vemos en los vídeos de decapitaciones de los narcos mexicanos o de los terroristas islámicos cómo los asesinos deben esmerarse para cercenar la cabeza de sus enemigos. Los nervios y las vértebras del cuello se resisten a los envites del cuchillo, presentan la resistencia propia de la materialidad, de lo corporal: una rémora de la era prenuclear. La bomba atómica es capaz de liquidar los cuerpos como si no existiesen o no tuviesen ninguna consistencia. El crimen fatiga el cuerpo del asesino, la masacre no deja huella en el del piloto de un bombardero nuclear.

 

(Es recurrente en los escritos de pilotos de guerra encontrar este sentimiento de extrañeza y lejanía hacia sus propios actos, la ligereza con la que pueden cometerse las matanzas más atroces. Ignacio Hidalgo de Cisneros ostenta el dudoso privilegio de haber sido el primer piloto en arrojar bombas de gas mostaza desde un avión. Fue en el verano de 1924, en el marco de la cruenta campaña de venganza del ejército español contra los independentistas rifeños tras el Desastre de Annual. En su autobiografía confesaría: “ni por un instante se me ocurrió pensar que la misión que me habían encomendado fuese una canallada o un crimen: también debo decir que no recuerdo haber tenido el menor remordimiento por lo que hacía. Es increíble la naturalidad con que pueden hacerse las mayores barbaridades cuando se tiene una cierta mentalidad”).

 

Ya hemos dicho de qué manera se manifestaba la culpabilidad en Eatherly: soñaba con los rostros de sus víctimas llenos de sangre a consecuencia de la bomba. Tal vez, en vigilia, se imaginaba cadáveres tirados por la calle, escombros, miembros amputados, quemaduras… La imaginación de Eatherly, como la de cualquiera de nosotros, es burda y muy limitada.

 

El piloto se representaba las consecuencias de una bomba nuclear con algo tan genérico como una cara cubierta de sangre, lo mismo que podríamos encontrarnos en un accidente de coche o en una pelea de bar. Su imaginación no alcanza siquiera a sospechar las proporciones de los efectos de la bomba: rostros con las cuencas oculares huecas y el líquido viscoso de lo que eran sus ojos, derretidos por el calor, resbalando por las mejillas; una mujer atrapada bajo una estantería llena de libros durante días (“Allí, en la fábrica de estaño, en el primer momento de la era atómica, un ser humano fue aplastado por libros”), decenas de heridos arrastrados por la subida del río.

 

Decíamos que, para Anders, el problema medular de la era atómica atañe a la insuficiencia de nuestra percepción para representarnos su capacidad destructiva. ¿Cómo comprender qué es lo que supone un arma capaz de segar en pocos segundos decenas de miles de vidas?

 

Podemos decir “tras el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, 70.000 personas murieron instantáneamente”, pero no entendemos lo que estamos diciendo. Setenta mil cadáveres, para nuestro intelecto de primates aventajados, no es una cifra, es una abstracción. Somos esos hombres desvalidos sobre cuyas espaldas han hincado plumas de uranio que han acabado por servirnos para lo mismo que le sirvieron las suyas a Ícaro: para quemarnos, para precipitarnos al vacío.

 

Ante esta anomalía de la conciencia, Günther Anders llamaba a hacer una especie de ejercicios de estiramiento moral que situasen nuestra sensibilidad al nivel de la desmesura de nuestras herramientas. Tal vez no sea necesario semejante contorsionismo conceptual. Tal vez, para estar a la altura, para comprender, para acercarnos al dolor de los demás y para presentir la capacidad destructiva de nuestra tecnología basta con una facultad ancestral que le debemos a nuestro intelecto de primates aventajados: el relato, la narración.

 

Todo lo más que podemos acercarnos a entender el infierno que fue Hiroshima está en la crónica de Hersey. La reconstrucción rigurosa y pormenorizada de lo que sucedió después de “las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima” es lo único que nos permite salvar esa falla imaginativa de la que hablaba Anders. Narrar es comprender, o al menos tantear algo parecido a la comprensión. Partiendo de las historias de Toshiko Sasaki, Masakazu Fujii, Hatsuyo Nakamura, Wilhelm Kleinsorge, Terufumi Sasaki y Kiyoshi Tanimoto podemos vislumbrar, por la diminuta rendija que significan seis personas en una ciudad de 300.000 habitantes, el fogonazo de muerte que sembró el avión de Eatherly.

 

La ficción vive de lo que su autor sea capaz de imaginar, el periodismo puede ir un paso más allá: llegar donde la imaginación no lo hace.

 

 

III.

 

Cuarenta y un años después del ataque nuclear sobre Hiroshima, siendo ya Günther Anders un anciano al que apenas le quedan seis años de vida, envía un documento al VI Congreso Internacional de Médicos por el impedimento de una guerra nuclear: Diez tesis sobre Chernóbil. El accidente en la central ucraniana fue la constatación de la vacuidad del discurso del uso civil de la energía nuclear, del Atoms for Peace que predicaba Dwight D. Eisenhower: Distinguir entre un uso bélico y un uso pacífico de la energía nuclear es insensato y engañoso, reza la cuarta tesis.

 

Pero la que aquí nos incumbe es la primera: El verdadero peligro consiste hoy en la invisibilidad del peligro. Si queremos sobrevivir, debemos de intentar comprender lo invisible como si lo tuviéramos delante, y educar al prójimo en dicha comprensión y en el miedo que implica. Tanto en la paz como en la guerra, el problema de lo nuclear, del mesianismo tecnológico por extensión, es la imposibilidad de conjugar sus categorías con los esquemas humanos de comprensión: “Comprender lo invisible como si lo tuviéramos delante”, ahí es nada lo que se nos pide. “Ingresamos en un mundo opaco en el que el mal no da explicación alguna, no se pone al descubierto e ignora toda ley”, leemos en Voces de Chernóbil.

 

Svetlana Alexiévich, periodista bielorrusa, reparó de inmediato en que la catástrofe de Chernóbil suponía “el acontecimiento más importante del siglo XX (…) el inicio de una nueva historia”. Firma otra frase que Anders habría suscrito sin problema: “La noche del 26 de abril [de 1986] realizamos un salto hacia una nueva realidad, y esta nueva realidad ha resultado hallarse por encima no sólo de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación”.

 

Al igual que sucedió en Hiroshima, en Chernóbil el aparataje del sapiens sapiens se queda obsoleto para encarar las dimensiones de lo acontecido. Escribe Alexiévich: El hombre no estaba preparado como especie biológica (…) los sentidos ya no servían para nada por cuanto que la radiación no se ve y no tiene olor ni sonido”. Y una vez más, ante los reactores nucleares, los radionúclidos y el uranio, el humano desvalido sólo puede echar mano de una rudimentaria herramienta que empezó a manejar hace millones de años en torno al calor de una hoguera.

 

La narración es nuestra medida de todas las cosas.

 

Bernardo Álvarez-Villar (Oviedo, 1993) estudió Psicología en la Universidad de Oviedo. Cursó el Máster de Periodismo ABC-UCM y, tras pasar por la sección de Internacional de ABC es ahora redactor de ABC PLAY. 

 
 

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