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Teresa Gurza
 
Santiago de Chile 12 de enero 2018.- En estas fechas navideñas recién pasadas en las que algunos afortunados pudimos comer delicias, se sumó a la preocupación por subir de peso, la de la elevación del colesterol y los triglicéridos; que es la palabra que más aborrezco, por fea y por lo que representa para nuestra salud.
Leo en una web dedicada a la Ciencia que la historia del colesterol no es muy diferente a la de otras sustancias fundamentales para nuestra vida; y que la humanidad debe la primera evidencia sobre su existencia al fisiólogo y anatomista Poulletier de la Salle, quien en 1769 encontró algo “aceitoso” en la vesícula biliar de algunos cadáveres.
Pero el descubrimiento del colesterol lo hizo en 1824 el  químico Michel-Eugéne Chevreul, al separar de la bilis humana una sustancia que calificó como similar a la grasa y llamó “colesterina”.
Los datos que encontré en google añaden, que la asociación del colesterol con la formación de los ateromas y la aterosclerosis, no fue sencilla; y que pasaron muchos años para que esta vinculación, fuera aceptada por la comunidad científica.
En 1910 el investigador Windaus, encontró una masa lipoidea con cristales de colesterol; y por ello recibió en 1928 el premio Nobel de Química; y en 1913, los rusos Ignatowsky y Anitschkov comprobaron que alimentando conejos con dietas ricas en grasas se elevaban los niveles de colesterol en la sangre y aumentaba la arterioesclerosis.
Y los noruegos Strom y Jensen observaron que durante la Segunda Guerra Mundial, 1940 y 1945, que se comió menos y más frugalmente, la frecuencia de las enfermedades isquémicas de corazón disminuyó a la mitad; evidenciando alta correlación entre el consumo de grasa total y la mortalidad por arterioesclerosis cerebral y coronaria.
En 1950 Gofman publicó en Science, que al separar la sangre de conejos alimentados con colesterol, se mostraban dos fracciones claramente identificables: “low density lipoprotein” (LDL) y “high density lipoprotein” (HDL); su artículo abrió los ojos de la comunidad científica ante los peligros del colesterol.
Kinsell descubrió en 1952, que la alimentación con vegetales y una disminución de la ingesta de productos animales, bajaba los niveles del colesterol-LDL; y otros científicos comprobaron que alimentando pollos con semillas de soya, descendían de las concentraciones de colesterol.
Todo ello llevó al conocimiento de que si se mantiene una alimentación saludable y se realiza ejercicio físico regularmente, es posible eliminar el colesterol dañino y mantener el que hace bien.
En un artículo difundido por la Clínica Alemana de Santiago, leo que el colesterol es un tipo de grasa que se encuentra en todas las células del cuerpo y que el organismo necesita un poco de esta lipoproteína, para la síntesis de algunas hormonas y la formación de membranas celulares.
Pero que si se acumula demasiado en la sangre, se favorece la formación de placas que pueden estrechar las arterias y llegar a bloquearlas; por lo que los niveles de colesterol elevados aumentan el riesgo de padecer enfermedades cardíacas; y que este riesgo aumenta con la edad, antecedentes familiares y sobrepeso.
Al respecto, la doctora Carolina González, explica que el colesterol que circula en la sangre viene en un 80 por ciento de lo que produce nuestro propio hígado y un 20 de la dieta, es decir del  colesterol que está presente en los alimentos que ingerimos.
Indica que el colesterol  LDL (lipoproteínas de baja densidad) que se conoce como el “malo”, sale del hígado hacia los tejidos periféricos para formar parte de membranas y hormonas; pero su exceso, se deposita en las arterias y genera placas ateromatosas que pueden llevar a desarrollar una enfermedad cardiovascular, como un infarto al miocardio o un accidente vascular.
Y que el “bueno”, HDL (lipoproteína de alta densidad) actúa llevando parte del colesterol de vuelta al hígado para su metabolización, y evitar se deposite en las arterias.
Añade que los alimentos no contienen directamente colesterol bueno, pero algunos como el aguacate y el aceite de oliva, ayudan a mejorar sus niveles; y que el ejercicio también ayuda a elevarlo.
Y que la mayoría de las personas, manteniendo una alimentación saludable y realizando ejercicio físico regularmente, pueden disminuir el colesterol malo y mantener el bueno; siempre y cuando no tengan una condición genética que produzca hipercolesterolemia, independiente de la dieta y de la actividad física que realice.
Estos casos, generalmente deben ser medicados en forma permanente para disminuir el riesgo de enfermedad cardiovascular.
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