Ellos, que en la década de los sesenta inventaron y perfeccionaron la fórmula, fueron desplazados hace mucho tiempo de ese negociado con resonancia planetaria. Medio siglo después los ingredientes siguen siendo los mismos: estribillo fácil de recordar, melodía pegadiza y, si es posible, bailecito en tres movimientos básicos. Actualmente sin rastro de acento italiano. Sí lo hubo hace ocho años cuando un pelotazo discotequero se apropió del estribillo que en los cincuenta cantaba Renato Carosone Tu Vuò Fa’ L’Americano (dios quiera que nunca se fijen en Azzurro, Volare, Il mondo, Io che non vivo senza te…). Y cierto es que más de un verano Franco Battiato puso a bailar a los españoles con Voglio vederti danzare o su Centro di gravità permanente, pero ¡eran los años ochenta! Así que recordemos hoy, solo durante tres minutos y medio, un tiempo en que la canción del verano podía pegarse al cerebro como un chicle desde la primera escucha y al mismo tiempo contener toneladas de clase. Arreglos del gran Ennio Morricone, solo de saxo de Gato Barbieri, dedicatoria a Stefania Sandrelli; todo eso y más había y hay en la inmortal Sapore di sale, de Gino Paoli. Tan buena que casi se entiende toda la letra sin saber italiano.