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Sábado, 25 Marzo 2017
14:42:43

La dignidad anciana

No se haga cruces 

Juan Chávez

Tuve la fortuna, el 16 de septiembre, de toparme  con una anciana más anciana que yo. 

 

Cordial, conversadora, me atrajeron sus referencias familiares y, más que nada, su franqueza. Parecía  no tener interés alguno en esconder sus años, como es común en muchas mujeres. 

También habló de política. Y fue cruel: 

--¿Qué cambios ha habido? Para todos, la vida es más cara. Nosotros, porque mi esposo ahorro buen dinero, la pasamos bien. Pero imagínese, unos estudios de esa que llaman biomedicina, 20 mil pesos. ¿Qué los voy a pagar? El médico, de todas formas, va a darme un tratamiento de a ver si “le atino”. 

--Y luego el Presidente. Debía comerse sus propias palabras. Que el crimen ha bajado, que vamos bien en economía. ¿Usted le cree? Ya ve, que desangelado “su” Grito. Rostro serio, amarillento, como enfermo, sin obsequiar una sonrisa a quienes fueron al Zócalo a compartir una alegría que a él no se le vio. En la TV –yo lo vi por la pantalla—el contraste con la alegría de la multitud, fue palpable. Y conste, soy del PRI desde hace más de 70 años. Por eso me enoja que nos engañen. 

La viejecita regresó al tema inicial: 

--Tengo dos biznietos y 13 nietos. Ella aguardaba a uno de sus siete hijos que había entrado a Liverpool con la intención de  estar vaciando sus anaqueles, por el tiempo que su mamá llevaba esperándole. 

En el amplio lobby de Perisur, antes de cruzar la tienda, me detuve y me senté en  la última banca de madera. Arrastraba ya el bastón y me sentía débil, además. 

Ahí  me encontré con la venerable nonagenaria y quienes me vieron sentarme a su lado, seguramente pensaron que este vejete iba a fajarle a la respetable dama. 

Esa mañana del martes de asueto, que alargó el “puente”, a ninguno de los dos nos asaltó el tema de los festejos patrios. A lo mejor porque resultaron muy  paniaguados y con un día nublado y de vientos, ni el desfile militar fue lucidor. Ni paracaidistas ni soldados que descienden del helicóptero asidos a tremendo cable de henequén  pudieron hacerlo por el mal tiempo que, no obstante, no fue de torrencial aguacero en la noche del Grito. 

La respetable señora, de más de 80 años, habló de su camioneta, quizá inspirada por una guinda que teníamos enfrente, en ese lote de venta de autos nuevos que desafía los espacios del enorme centro comercial. 

--Me duele que a veces me la rayen, nomás porque a la mala gente le da por hacer daño o porque simplemente sienten envidia. 

Su mayor nieto, me refirió, tiene 39 años y tres de sus hijos han preferido salir de México y trabajar en otros países porque “es inaguantable la inseguridad que reina en la ciudad y en todo el país”. 

Ni ella ni yo tuvimos la ocurrencia de presentarnos. ¿Para qué? Era una plática ocasional y no había que andar con ceremonias esquizofrénicas. 

Lo más cruel de la breve charla fue cuando espontánea, sin venir siquiera al caso, mencionó que a ella y su esposo los han asaltado tres veces. “Con pistola, nos han amenazado de muerte, y hemos tenido que entregarles nuestro dinero y pertenencias de valor”, me confesó. 

--Hay que agradecerles a esos malditos bandidos que no lo maten a uno. Es el colmo. En mis buenos tiempos eso no se daba. 

Ahí reflexioné: “Como esta dama, existimos casi 10 millones de ancianos que pululamos por las calles expuestos a ser asaltados o secuestrados”. Desafortunadamente ese es el pan de todos los días y resultan inútiles los esfuerzos de los gobiernos por aplacar la ola de violencia que a todos nos alcanza. 

Venía yo del templo que se ubica en Zacatépetl y Periférico, justo después de haber depositado una rosa ante el nicho que guarda las cenizas de mi difunta esposa. De ahí a Walmart tengo por costumbre caminar, pero el Día de la Independencia, de plano, busque tablas. Así me sentía. Valió la pena sin embargo, porque tuve oportunidad de comunicar a alguien que también soy bisabuelo y que me siento orgulloso de serlo. 

El episodio lo refiero, más que nada, para desintoxicarme del diario acontecer y resaltar esa dignidad anciana en cuya existencia nadie repara, por las prisas de vivir. 

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"Si no puede, sepárese del cargo", Rocío Nahle a Coldwell

Sábado, 25 Marzo 2017
14:42:43