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Lunes, 18 Diciembre 2017
10:39:57

Vía crucis por una TV “regalada”

Agora Política

Jesús Yáñez Orozco 

Octogenaria, cargada de achaques –hipertensa y más  del 50 por ciento de la vista perdida-- doña Josefina iba escéptica, ceño fruncido y cansino paso, a realizar el trámite para el “obsequio” de la televisión de 24 pulgadas de parte del presidente Enrique Peña Nieto, una de las 10 millones que prometió.

 

Su plateado pelo semeja la cresta del Popocatépetl, bajo los rayos del sol.

Sintió que su corazón sufrió un  fugaz desmayo, cuando iba avanzando y giraba en torno al cuadrángulo --como en círculo de 360 grado-- cuando vio la enorme sierpe humana que rodeaba el deportivo Ana Gabriela Guevara.

Con una famélica pensión de dos mil 500 pesos mensuales --herencia de 50 años de trabajo de su esposo, Don José-- deshojaba la margarita  si vender o no el aparato --siempre y cuando se lo entreguen-- en unos dos mil 500 pesos, que es lo que cuesta en los grandes almacenes.

A principios de mayo una trabajadora con chaleco beige y la leyenda Sedesol a la altura del corazón acudió a su domicilio en Atizapán de Zaragoza, uno de los 125 municipios del Estado de México, “a nombre” del presidente Peña Nieto para “regalarle” un televisor.

Pidió su credencial de elector. Llenó una forma con sus datos personales, que avalaba la entrega del aparato, con número de folio y código, dependiendo del beneficio social: Liconsa, dinero o despensa, y tercera edad.

La conminó que llamara tres días después de la votaciones del 7 de junio, por ahí del 10, al teléfono que venía en la hoja recibida, con el logo del gobierno federal, para que le indicaran cómo, cuándo y dónde podría recogerlo.

Pocos días después supo, por los vecinos quienes habían leído unas cartulinas pegadas en las calles cercanas, que la entrega se había adelantado y que tenía que presentarse en el Deportivo Zaragoza.

Su enojo comenzó a germinar desde el hígado y subió a su cabeza. O al revés. 

Acudió a los pocos días. Nada. Viaje en  balde. Lanzó maldiciones que nadie oyó. Supo que sólo el domingo previo las habían estado entregando. Después de un largo caminar dentro del deportivo, en otro cartelón, se informaban las fechas de recepción de la televisión, pero ahora en otro deportivo, el Ana Gabriela Guevara.

Tenía que hacer su trámite, correspondiente a Liconsa, del 27 al 31 de mayo. Pensó desistir. Pero se decía a sí misma que era “su” dinero con el que habían adquirido los aparatos y que, por nada del mundo, cejaría en obtenerlo.

Además como cultora de belleza, durante 60 años, siempre pagó impuestos, de manera casi sagrada.

Decidió que dependiendo cómo se sintiera, a consecuencia de la hipertensión que le provocan agudos mareos, iría el jueves 28. Pidió informes a Laura, una de sus amigas, cómo llegar en transporte colectivo, al barrio de Montemaría, cerca de una Mega Comercial Mexicana, donde está dicho deportivo.

Previno 30 pesos de pasaje y allá fue, con su ancianidad a cuestas, a la aventura.

Descreyó cuando le dijeron que había personas que hacían fila hasta 24 horas para recoger su televisor. Y que, de ser así, prefería que el gobierno se quedara con él.

Salió a eso de las 8 de la mañana y llegó a su destino 40 minutos después. Descendió, pian pianito, por una empinada cuesta durante 15 minutos. A lo lejos divisó el deportivo. Su camino era acompañado por el trino aislado de pájaros. Miró la fila, serpiente de carne y hueso, enroscada en torno a una de las cuatro paredes del inmueble, un cuadrángulo  de casi dos kilómetros de largo.

Pensó que ahí terminaría.

No fue así.

A su lado derecho, sobre un terreno baldío, llamó su atención una feria abandonada, fantasma oxidado,  fierros retorcidos, con los caballitos del carrusel tuertos. Algún maloso les había arrancado los ojos a los corceles blancos.

Sobre una lámina semiborrada se alcanzaba  a distinguir tenue la imagen del espectáculo de la Mujer Araña, que siempre solía personificar una mujer, nunca un varón. Doña Josefina la recuerda en su lejana infancia, en el pueblo de Zacapu, Michoacán.

“¡Así quedé por desobedecer a mis padres!”, era la letanía del arácnido, quien decía que sólo se alimentaba de moscas y otros insectos.    

Todavía existe, hasta donde se sabe, ese espectáculo en pueblitos dejados de la mano de Dios.

Apilados, en una torre, los multicolores carritos chocones con sus faros sin vida.

Miró en la interminable fila rostros insomnes, de hartazgo, ojos enrojecidos, con la débil llama encendida del televisor “regalado”. Y lo indecible: mujeres con bebés en brazos. Cobijas, sillas plegables y bancos de plástico dónde soportar la larga y tediosa jornada. Varias camionetas vetustas hacen las veces de dormitorio.   

Durante su deambular, sin saber en realidad dónde ir, escuchó sinfín de comentarios. Unos a favor y otros en contra, de la entrega de las televisiones, pero todos coincidían: están hartos de los políticos y la política.

Sea del partido que sea.

La mayoría expresa que no irá a las urnas.

Se calcula que habrá 70 por ciento de ciudadanos que se abstendrán de votar este 7 de junio.

Hay quien arriesgó un juicio, con cara de estudiante preparatoriano, que confirmó su discurso:

“Adelantaron la entrega para que votemos por el PRI, pensando que nos regalaron la tele,  y para que veamos el partido México-Brasil y no vayamos a votar. Qué casualidad que lo transmitirán a las tres de la tarde”.

Algunos lo miraron con mirada de reproche.

Alguien se quejó de la desorganización en la entrega, por parte de Sedesol, pues dicen haberse quedado desde un día antes, a la cinco de la tarde, y no sabían que saldrían a la misma hora del día siguiente.

Decenas de vendedores de comida no se dan abasto para alimentar a la serpiente humana. Hicieron su agosto en mayo: pambazos y gorditas de chicharrón, 12 pesos; tamales de rojo, verde, rajas y dulce, con atole de arroz y chocolate, nueve pesos.

Vasos de un cuarto, medio y un litro con fruta –piña, sandía, papaya, mango—cinco, 10 y 20 pesos.

Hileras de taxistas en autos blancos son otra sierpe, metálica. En promedio cobraban entre 50 y 80 pesos la dejada, dependiendo la distancia.

Al fin, luego de rodear el deportivo, doña Josefina llegó a la puerta principal. Dos trabajadores de Sedesol con chalecos respectivos, apoyados por media docena de policías --hombres y mujeres-- mediante un lazo, daban acceso a las personas. Una enorme carpa blanca con verde se levantaba sobre el centro de la explanada.

Preguntó dónde atienden a las personas de la tercera edad. De mala gana le respondieron que en la siguiente puerta.

Otro “retén”.

Una docena de personas de la tercera edad trataban de convencer a los trabajadores del gobierno que les permitieran ingresar, frente a la puerta de gruesos barrotes, para recoger su televisor.

Diario se entregaban 200 fichas para que los “ancianitos” hicieran la fila correspondiente, ajena a la de los demás telehabientes.  

“¿Aquí de hace el trámite para le entrega de la televisión?”, preguntó doña Josefina.

“Aquí es donde las están dando”, respondió con desdén una de las voluntarias de Sedesol.

“Discúlpeme, pero no nos están regalando nada”, espetó, la octogenaria, “las televisiones las compró Peña con nuestros impuestos, no con su dinero”.

Otro chico, veinteañero, también de Sedesol,  exclamó a los ancianos que sólo personas enfermas y discapacitadas tenían acceso.

Algunos iban en andadera, bastón, incluso son trasladados por sus familiares en silla de ruedas. Hay quien llevaba un pequeño tanque de oxígeno en un carrito portátil, con la mascarilla en el rostro.

Se escuchó, como reguero de pólvora, ante la indignación generalizada, el comentario que en días pasados un individuó esquilmó a 30 personas. Pidió a cada uno 100 pesos por lograr que pasaran en menos de una hora. Así como apareció, desapareció por arte de magia. Nadie lo volvió a ver.  

Doña Josefina explicó que es hipertensa y tiene problemas para con su vista. El joven la miró con misericordia de arribaba abajo. Su pelo cano pareció cegarlo. Le pidió que espere un momento. Cinco minutos después le franquea la puerta y le sugirió que se dirigiera con “Marcos”, su coordinador, en la carpa.

Había alrededor de un centenar de personas de la tercera edad, también con caras de hastío, sentadas esperando su turno.

La atención era amable, cordial, respetuosa. No duró más de 15 minutos el trámite. Le solicitaron su credencial de elector, comprobante de domicilio y el documento que recibió en su casa por parte de Sedesol.

Frente a la computadora, le indicaron dónde firmar de recibido. Tomaron su foto y huellas dactilares.

Escéptica salió con el televisor en sus manos --con la firme intención de venderlo-- donde se leyó:

“Este programa es público, ajeno a cualquier partido político”.

Aunque siempre pensó en uno: el PRI.  

Regresó a su domicilio con su cruz a cuestas: el televisor digital de 24 pulgadas, “regalo” del gobierno, con la firme idea de venderlo.

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@kalimanyez   

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