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Lunes, 23 Octubre 2017
08:11:24

«Ya nunca seremos los mismos» (Primera y Segunda Partes)

«Ya nunca seremos los mismos» (Primera y Segunda Partes)

Por Iván Rincón Espríu

Ivanrín

Primera parte

Jueves 7 de septiembre a partir de las 23:49 horas. Un terremoto de 8.2 grados en la escala de Richter, con epicentro en el golfo de Tehuantepec, frente a las costas de Tonalá, Chiapas, sacude al sur y al centro de México durante 87 segundos, casi un minuto y medio. El sacudimiento, que abarca doce entidades federativas en total, contando a la Ciudad de México, se extiende más allá de la frontera con Guatemala hasta El Salvador y Honduras. Las regiones más golpeadas son el Istmo oaxaqueño y la costa de Chiapas, en ese orden y, en menor medida, los estados de Tabasco y Veracruz.

Juchitán, zona cero

Juchitán de Zaragoza, la capital política y cultural del Istmo, sufre los mayores estragos; las primeras imágenes que aparecen ante los ojos del mundo en la televisión y las redes sociales muestran derrumbada la mitad del palacio municipal; en sentido estricto, es la tercera parte del edificio, la segunda parte de la planta alta, que tenía debajo una porción del Mercado «5 de Septiembre» con alrededor de 50 puestos de comida, ahora sepultados. El emblemático edificio fue construido en 1860, así que 157 años de historia se vinieron abajo. El resto del inmueble, que se mantiene de pie, tiene daños estructurales, por lo que se contempla su demolición.

Todo el municipio –cabecera, rancherías y agencias municipales, con alrededor de 150 mil habitantes en total– queda sin luz eléctrica; en la oscuridad de la medianoche, un reportero de la televisión local describe la situación, mientras alguien levanta de las ruinas una bandera de México en perfecto estado y planta el asta sobre la desolación; la imagen del estandarte nacional que ondea con el viento en la penumbra y lo más alto del promontorio de escombros se convierte de pronto en icono por su fuerte simbolismo, y recorre el mundo.

La policía municipal, Protección Civl y los bomberos, entre otras corporaciones y brigadas de auxilio, no se dan abasto. Los vecinos se movilizan para sacar a la gente atrapada bajo los escombros y llevar a los heridos al Hospital General «Dr. Macedonio Benítez Fuentes», que está devastado; más del 90 por ciento de la estructura hospitalaria queda inservible, por lo que son evacuados los pacientes sobre sus camillas para que el personal médico los atienda en la explanada y el patio, a donde siguen llegando lesionados que se cuentan por decenas y quizá centenares durante la madrugada. El espacio es enorme, pero aun así es rebasado por la aglomeración, de modo que algunas personas reciben atención médica en la calle. Esa noche mueren allí quince personas, cuyos cuerpos son retirados de inmediato.

Este nosocomio se llama general, pero es regional en la medida que atiende a la región del Istmo, principalmente a las agencias municipales de Juchitán –Álvaro Obregón, Chicapa de Castro, La Venta, La Ventosa y Santa María del Mar–, además de los municipios cercanos y menos urbanos, como El Espinal y Santa María Xadani, cuando los enfermos pueden trasladarse.

A nueve cuadras del hospital, mueren cuatro personas al desplomarse el Bar Jardín, y fallecen dos huéspedes bajo el techo del hotel Juchitán. El Hotel del Río, en las afueras de la ciudad, se viene abajo y sepulta, entre otros, a la propietaria, que no sobrevive.

En las secciones séptima y novena, históricamente las más marginales del municipio, las casas son muy viejas en la mayoría de los casos, por lo que no resisten la violencia telúrica y se desmoronan; las que siguen de pie lo hacen con fragilidad y un equilibrio precario. Luego del derrumbe y el apagón, cuando los pobladores intentan sobreponerse, ocurre una serie de explosiones por las fugas de gas.

Media hora después del terremoto, sucede una réplica de 6.1 grados, que será la de mayor intensidad. Además de los muertos, heridos y desaparecidos, hay víctimas de pánico.

Al amanecer, las imágenes son impactantes y deprimentes. Del centro a la periferia, casas, establecimientos comerciales y edificios de diversa índole se reducen a escombros. Saltan a la vista, por alucinantes, los pisos altos con inclinaciones de unos 180 grados. Algunas casas parecen intactas desde la calle, pero por adentro se aprecian hoyos en el techo y grietas o cuarteaduras en las paredes, además de cascajo sobre los muebles y en el suelo. Sobre las banquetas hay también escombros y árboles caídos. En las orillas de calles y avenidas yacen automóviles aplastados por pedazos de fachadas y postes. El pavimento de las calles está roto, inclusive abierto. Hacia las afueras, carreteras y puentes con grietas o, de plano, destruidos.

La Escuela Primaria «Centro Escolar Juchitán», fundada en 1938 por el general Lázaro Cárdenas y emblemática de Juchitán por ser la más grande del Istmo, se halla totalmente devastada. En el templo de San Vicente Ferrer, patrón de Juchitán, junto a la Casa de la Cultura, los muros están derruidos o rotos, ha caído entera una de sus torres y, en la otra, se mantiene en vilo una cúpula, como para venirse abajo con alguna de las réplicas. Son algunas de las edificaciones más antiguas desde los cimientos, con reparaciones, arreglos o remodelaciones posteriores de la obra original hasta nuestros días.

El ogro filantrópico

En la mañana del viernes 8 de septiembre, arriban el ejército federal y la Marina, que activan el Plan Nacional de Respuesta MX y rescatan de las ruinas a personas con vida o recuperan sus cadáveres; opera un equipo especial de la Marina, compuesto por 25 socorristas y tres perros rastreadores, uno de ellos hembra de raza labrador, y dos pastores belgas…

En general, todo cuanto depende del gobierno en cualquiera de sus tres niveles sucede con retraso y es insuficiente. Las vidas que salvan las fuerzas armadas en su ostentoso despliegue y su operativo escenográfico (la friolera de tres o cuatro personas en total) no son más que las rescatadas por bomberos y paramédicos sin tanto alarde. Los Topos de Tlatelolco, brigada histórica de rescatistas voluntarios, realiza una discreta pero heroica labor de salvamento, a pesar del trato recibido y el comportamiento gubernamental.

Más de mil 800 soldados son distribuidos en la región y su “labor social” se reduce a remover y levantar escombros. Se habla de repartir despensas y hay imágenes de soldados descargándolas de aviones y camiones militares, pero no existen testimonios (auténticos sin lugar a dudas) en las redes sociales al respecto. Quizás hubo algo de “ayuda humanitaria” en este aspecto, pero nomás para la foto y el video que verá después el mundo por televisión.

El censo gubernamental de inmuebles afectados por el terremoto, para empezar, burocratiza y retrasa literalmente al máximo “los apoyos” monetarios del Fondo de Desastres Naturales (sic), pero un cálculo preliminar contabiliza más de 5 mil casas con afectaciones graves, dato que no es confiable, pues los soldados califican superficialmente los daños, sin entrar a las casas. En realidad, todas las casas, sin excepción, están dañadas en alguna medida, sea con daños totales o parciales. El censo preliminar contabiliza también alrededor de 50 mil damnificados, pero no abarca más allá de la cabecera municipal.

Como siempre, la visita oficial que realizan los titulares del Ejecutivo federal y del estado, así como de las secretarías concernientes y sus comitivas, limita su función a la emisión de promesas y al baño de pueblo, que aprovecha la ocasión para una sesión de fotos. Gracias a la demagogia declarativa, el 7 de septiembre será oficialmente «Día de luto nacional» y, para efectos inmediatos, se declara también «Zona de desastre» a la región. ¡Uf, qué alivio! Después viene la ocurrencia totalitaria de que las fuerzas armadas repartan el acopio de la sociedad civil.

 

«Ya nunca seremos los mismos»

Segunda parte

Mientras tanto, los velorios tienen lugar en la vía pública por temor a las réplicas o por la destrucción de la casa que habitaba el hoy difunto; las calles heridas por la devastación son escenario de cortejos fúnebres como parte de la cotidianidad emergente; sus expresiones de luto y tristeza –llantos y canciones, por ejemplo– coinciden con otras procesiones funerarias en los dos panteones municipales, ahora más concurridos que nunca y, para colmo, dañados por el terremoto; el más viejo se llama Domingo de Ramos y está en la primera sección, cerca del Hospital General; el otro tiene por nombre Miércoles Santo y está en la octava sección Cheguigo.

Suceden 10.5 réplicas por hora en promedio, de 4, 5 y 6 grados. A 24 horas del terremoto, se cuentan 36 muertos, más de 300 heridos y unas 260 réplicas, que aumentarán a dos mil, siete días después.

Las familias pernoctan en sus patios o en la calle por temor a las réplicas y para proteger sus pertenencias de la posible rapiña, o por su propia condición damnificada; otras acampan en canchas de baloncesto o balompié, otras más lo hacen en los parques y las plazas, y muchas otras en los albergues acondicionados en las escuelas todavía servibles, aprovechando que no hay clases. La Casa de la Cultura, con tradición de ser albergue durante desastres naturales como la inundación de 1993, está colapsada esta vez.

Las redes sociales son el medio masivo para dar a conocer la situación en toda o casi toda la región y las necesidades más apremiantes de los afectados; con ligeras variaciones, urgen medicamentos y material de curación, asistencia médica, alimentos no perecederos y agua potable, croquetas, productos de higiene y limpieza, colchonetas, cobijas o cobertores, lámparas y pilas, cinta adhesiva, cajas de cartón, rescatistas de otras partes del país…

La solidaridad de la sociedad civil no se hace esperar: en diversos puntos del territorio nacional y hasta en otros países del mundo (desde la República bolivariana de Venezuela hasta el Estado sionista, genocida y terrorista de Israel) se organizan brigadas médicas y de rescate, que arriban a Juchitán para cubrir desde allí todo el Istmo oaxaqueño, desplazándose también a otros municipios golpeados: proliferan centros de acopio, se dan a conocer cuentas bancarias para recibir donativos de cualquier parte del mundo…

No obstante, se enfila una crisis alimentaria, pues la comida se reduce a lo que tenían los pobladores en sus casas y lograron rescatar; al acabarse, hay desbasto, pues las tiendas grandes y los restaurantes no abren sus puertas al público; tampoco hay mercado tradicional por el colapso de sus instalaciones.

Entre la desorganización, la improvisación y la mala leche de algunos, parece que los cargamentos de víveres y demás llegan a manos equivocadas. Abundan denuncias en las redes sociales: que la ayuda humanitaria es acaparada por tenderos o termina en bodegas de partidos políticos para repartirla como despensa con sus respectivos membretes al calor de la próxima campaña electoral (el PRD compite con el PRI en esta rapiña y lo supera desde el poder local), que la presidenta municipal Gloria Sánchez López, de extracción perredista, desvía una parte y otra la entrega con criterios clientelares; si eso hace con los víveres, cabe sospechar que también con el dinero. Cámara en mano, un grupo de mujeres sorprende a hombres que descargan dos camiones de acopio humanitario en la casa del secretario municipal Óscar Cruz López.

En las redes sociales abundan también testimonios de angustia y desolación por la súbita pérdida de todo cuanto poseía la gente pobre. Algunas de estas expresiones son desgarradoras, como gritos desesperados que piden auxilio.

–Peña Nieto llegó rapidísimo en helicóptero a Juchitán; así debía de llegar la ayuda, ¿no? Pero no llega –protesta una señora, cuya comparación resume el abismo entre gobernantes y gobernados.

La destrucción telúrica no hizo distinciones entre ricos y pobres, arrasó con sus casas más o menos parejo, pero quienes acaparan lo que llega para todos son los mismos que acaparan capital en detrimento del pueblo, a expensas del trabajo y la precariedad de los demás.

Entre tanto, el levantamiento de los escombros y el cascajo con palas, unas mecánicas, otras manuales, abre paso a las demoliciones, unas con maquinaria pesada, otras con zapapicos y mazos; en casos intermedios, personas, bestias o carros tiran de sogas amarradas a muros o restos de muros inestables, esfuerzos a los cuales sigue la recolección otra vez con palas…

¿En dónde está el gobierno?

El 11 de septiembre, a cuatro días del terremoto, habitantes de la colonia «5 de Abril», ubicada en las inmediaciones del centro de la ciudad, bloquean la carretera Juchitán-Ixtepec para exigir al gobierno del estado y al ayuntamiento municipal que atiendan sus necesidades; casi un centenar de personas informan que peligran sus vidas y las de sus familias ante la falta de alimentos, principalmente. En esa colonia popular, unas 120 familias viven a la intemperie, a expensas de las víboras, desde la medianoche del terremoto.

Agencias municipales de Juchitán como Santa María del Mar, en la zona huave o ikoot’s, continúan incomunicadas, mientras pobladores de Chicapa de Castro y Álvaro Obregón denuncian el mismo “abandono gubernamental”.

A mediados del mes comenzarán las lluvias y la gente que sigue a la intemperie requerirá, entre otras cosas, de lonas en abundancia y plástico grueso, cuerda o mecate, cosas que pueden abastecer a tiempo las voluntades solidarias, pues la prioridad del gobierno local es el palacio municipal, su propio beneficio y su propio bienestar.

***

Además de la solidaridad efectiva, la que se asegura de que los víveres y demás lleguen a quienes lo requieren con más urgencia, un atisbo de regreso paulatino a la normalidad, aunque nunca será como antes, es también un respiro: algunos comerciantes comienzan a traer comida –carne y pescado, huevo y queso, fruta y verdura, totopo y tortilla– de Oaxaca de Juárez, capital del estado, y otros lugares, para venderla frente al palacio de gobierno, en el Parque Municipal Juchitán; este parque albergará quizás a una parte del nuevo mercado popular en la construcción de lo que sería una nueva normalidad, con diferencias formales y sustanciales a la vida anterior, sobre todo por la asimilación de una experiencia inesperada y brutal, para la que no estaba preparado el pueblo ni el gobierno, a pesar de su pasado más o menos reciente, que ha sido intenso.

Por lo que veo, la gente de Juchitán ha cambiado en relación con la que, hace casi treinta años, conocí al calor de una contienda electoral y el regreso de la COCEI al poder municipal, ahora en alianza con el PRD. A partir de la medianoche del 7 de septiembre opera un cambio más rápido, quizás en otra dirección. El tiempo lo dirá.

La reconstrucción de Juchitán, ciudad heredera de los antiguos binnizá, en la medida que recurra de nuevo al trabajo comunitario, puede unir, cohesionar y fortalecer al pueblo. El gobierno local y los partidos políticos pueden dividirlo y debilitarlo, deliberada o inconscientemente. El tiempo tiene la palabra.

Modificado por última vez enDomingo, 17 Septiembre 2017 22:21
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