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Lunes, 18 Diciembre 2017
10:48:57

‘No sabemos nada’: los damnificados por el sismo que viven en un limbo de desinformación

‘No sabemos nada’: los damnificados por el sismo que viven en un limbo de desinformación
 
Una de las calles afectadas por el sismo del 19 de septiembre en Iztapalapa. Las autoridades delegacionales calculan que unas 3000 viviendas deben ser demolidas en la zona.CreditMeghan Dhaliwal para The New York Times

CIUDAD DE MÉXICO — María Molina Ruiz dice que las casas todavía tiemblan en la calle Andador Revolución de Iztapalapa, la delegación más poblada de Ciudad de México, donde viven casi dos millones de personas. Lo dice con asombro fatalista, como si una grieta se hubiera tragado su casa hace segundos.

Las grietas no son nuevas en esa zona: algunos residentes dicen que aparecieron después del terremoto de 1985, y otros ya no recuerdan la primera vez que las vieron. Pero en marzo de este año, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) alertaba que el 42 por ciento de las grietas de la capital mexicana se encontraban en Iztapalapa. Con el último terremoto, las grietas —la calles partidas, las casas hundidas— se han multiplicado.

Hoy la delegación alberga a 150.000 damnificados y tiene 8500 viviendas afectadas, de las cuales 3000 deberán ser demolidas.

María, de 47 años, cuenta que ella vivía en la calle Andador Revolución, en una casa azul de dos pisos que ocupaba con su marido, seis hijos y las familias de tres de sus hijos. En total, en su casa vivían 17 personas, dice. El 19 de septiembre fue la primera en salir corriendo cuando el sismo de magnitud 7,1 sacudió las viviendas de su calle como si fueran de gelatina. Su casa tiene un hueco enorme adentro: se ladeó y fue declarada inhabitable.

EXPLORA NYTIMES.COM/ES

A mediados de octubre, mientras buscaba las palabras para contar cómo lo había perdido todo, María miraba a Britany, su nieta de cinco meses, que dormía sobre una colcha arriba de un camastro sucio, en una especie de choza sobre la calle Rosalita de la colonia La Planta. Ahora vive allí, en un espacio de seis metros cuadrados cubierto por lonas donde se amontonan seis familias, y nadie sabe cuándo podrán irse de ese campamento improvisado de damnificados.

Más de un mes después del terremoto, su caso es similar al de miles de damnificados que, si antes tenían poco, ahora solo les queda la espera: María no tiene todavía un dictamen oficial para iniciar los trámites burocráticos de subsidios estatales que se implementaron para ayudar a los ciudadanos a conseguir un remplazo para sus casas.

Como su vivienda fue declarada en pérdida total por funcionarios estatales, ha recibido los 3000 pesos mensuales (unos 156 dólares) que otorga el gobierno para ayudar a los damnificados a pagar renta, pero dice que “eso no alcanza para nada” (en promedio, los alquileres de la zona rondan los 7000 pesos mensuales). “Y las autoridades no vienen para acá, se olvidaron de nosotros”, dice. 

Con el paso del tiempo, la ausencia de una palabra oficial que les permita tomar un camino se ha transformado para algunos damnificados en la dimensión más desesperante de la falta de información y transparencia ante la tragedia.  

 

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"Las autoridades no vienen para acá, se olvidaron de nosotros”, dice María Molina Ruiz, una de las personas damnificadas de la calle Andador Revolución en Iztapalapa.CreditMeghan Dhaliwal para The New York Times

 

 

Los ciudadanos tomaron el control

 

Durante los primeros días después del sismo, Ciudad de México se convirtió en un enjambre caótico de informaciones. Pudo verse de todo: desde los conflictos entre las personas que no recibían información de las autoridades sobre sus familiares atrapados en los escombros, hasta el rescate de una niña inexistente que mantuvo en vilo al país durante largas horas; todo en un escenario donde la ausencia de listas, mapas y cifras oficiales de daños y damnificados ha sido constante.

Los mexicanos pudieron ver a importantes funcionarios públicos con cascos y chalecos en las zonas de desastre, pero no tuvieron respuestas prácticas ni operativos oficiales para centralizar información útil, una medida que hubiera podido aliviar el caos generado por una tragedia que dejó 228 muertos solo en la capital del país.

“Ante la confusión de las autoridades la gente se volcó a las calles a ayudar como fuera, eso es una tradición desde el anterior terremoto de 1985”, explica Carlos Bravo Regidor, profesor asociado del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). “Hubo una reacción interesante de las personas que pusieron sus redes y conocimientos tecnológicos para hacer un trabajo de curar la información, verificarla y generar anticuerpos ante las noticias falsas”.

Cuando la ciudad latía con las peticiones de ayuda y de información, distintas organizaciones civiles desarrollaron estrategias para encauzar la solidaridad ciudadana y sobrepasaron la acción de las autoridades. Ese fue el caso de la iniciativa Verificado19S.org, una plataforma que agrupó a más de veinticinco organizaciones y decenas de voluntarios para desarrollar una base de datos colaborativa que llegó a ser la plataforma más actualizada y visitada durante los días posteriores al terremoto. 

Por esos días, dice Salomón Chertorivski Woldenberg, actual secretario de Desarrollo Económico del gobierno de Ciudad de México, él estuvo en las calles ayudando en algunas edificaciones colapsadas y coordinando operaciones logísticas.

“La emergencia siempre tiene grados de confusión pero, desde el primer momento, Mancera salió dos veces al día para informar”, asegura Chertorivski, un economista de 42 años que ha ocupado importantes cargos en la administración pública, como la Secretaría de Salud.

El funcionario insiste en que hay que tener en cuenta las dimensiones de la ciudad al momento de analizar la complejidad de la emergencia: nueve millones de residentes más seis millones de población flotante, además de 2,7 millones de viviendas ubicadas sobre antiguos lagos.

“Se tuvo que priorizar y secuenciar las atenciones. Puede haber gente que haya inscrito su vivienda porque la ven agrietada y no las han podido visitar, eso es factible, pero insisto en que hay más de once mil inmuebles y más de nueve mil escuelas revisadas”.

 

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Ricardo Fernández Aguilar, de 97 años, muestra su hogar de la calle Andador Revolución: "Trabajé 20 años para hacer esta casa y ahora solo sirve para cascajo, no va a quedar nada. No sé qué vamos a hacer". CreditMeghan Dhaliwal para The New York Times

 

A más de un mes del sismo aún no existe una lista definitiva de los damnificados que hay en Ciudad de México. Solo en la delegación Benito Juárez había más de 2000 y a inicios de octubre las autoridades denunciabanel grave estado de emergencia en Iztapalapa.

En esta delegación, las dimensiones del desastre pueden medirse por la cantidad de personas que se quedaron sin agua: un millón y medio de personas, aproximadamente el 75 por ciento de la población que reside en esa franja territorial de 116,17 kilómetros cuadrados.

‘Al final no sabemos nada’

“El sismo puso en evidencia la construcción excesiva de la ciudad con tanto pavimento, concreto y megaproyectos”, dice Mariano Salazar Molina, un veterano dirigente vecinal de Iztapalapa de 63 años. “Eso trae como consecuencia que el agua se va al drenaje, pero debería infiltrarse en la tierra para que las arcillas no se desgasten tanto y así los sismos no tendrían un impacto tan fuerte”.

El 20 de octubre, mientras encendía su laptop que zumbaba como un radio viejo, Salazar mostró una vieja presentación con mapas, estudios, cifras demográficas, cuencas hidrológicas y análisis que son las coordenadas del desastre. No solo del reciente, sino del futuro: entre sus documentos aparece un mapa antiguo de la capital con la ubicación de 73 pozos de extracción de aguapotable con una profundidad de 200 metros, y dice que eso es lo que ha desecado el subsuelo provocando erosiones, desgastes y fracturas.

 

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Mariano Salazar Molina, líder vecinal de la Unidad Habitacional Cananea que consta de 1088 viviendas en Iztapalapa CreditMeghan Dhaliwal para The New York Times

 

Salazar forma parte de una organización social que, después del terremoto de 1985, construyó la unidad habitacional Cananea, donde hay 1088 viviendas.

Cuando se le pregunta por qué construyeron en esa zona que ahora está llena de huecos y superficies deprimidas, se encoge de hombros y ofrece una versión antigua de la falta de información: “Porque nosotros no sabíamos que había una falla geológica, cuando hicimos los estudios solo nos dijeron que había una grieta y nada más”.

Las calles de la Cananea mexicana no tienen nada en común con los parajes bíblicos, aunque ciertas zonas parecen haber sufrido el azote de una plaga divina.

Al llegar a la calle Derechos Democráticos, Salazar explica que la cuadra entera se hundió algunos centímetros, y a medida que avanza el paisaje se torna apocalíptico: casas apuntaladas, muros ladeados y huecos enormes en los patios y la calle. Allí, sobre la calle Molino Arrocero, una pareja de mujeres que no escuchan muy bien —madre e hija—, ajustan sus audífonos porque quieren hablar. Nadie ha pasado en varios días, dicen.

“Tenemos 40 años viviendo aquí”, comenta Carmen Guzmán, de 84 años. “Pero nunca podré olvidar ese día porque se abrió un hueco horrible, una zanja en la casa y mire cómo quedó la calle”.

Su hija, Liva Torres, de 63 años, dijo que el día anterior habían ido unos funcionarios y les dijeron que su casa era habitable pero la revisión no fue definitiva. Torres se ríe nerviosamente y dice que es obvio que no puede ser un diagnóstico definitivo porque el papel no es oficial y su casa está en medio de dos grietas. Luego abrazó a su madre y dijo: “Al final no sabemos nada”.

En diversas zonas de damnificados en Iztapalapa las personas tenían poco o ningún acceso a las plataformas digitales oficiales o a las iniciativas ciudadanas. En veintiséis entrevistas, los consultados privilegiaron el contacto personal con los funcionarios y los ansiados documentos oficiales, sellados con fecha y firma para iniciar sus trámites.

Pero, a más de un mes del terremoto, las fachadas de muchas casas solo tienen inscripciones hechas con aerosol por funcionarios de distintos niveles de gobierno, como una X que significa que el inmueble es inhabitable o un triángulo con una raya que significa que la vivienda necesita reparaciones. Todavía no llegan los dictámenes oficiales que son necesarios para acceder a las ayudas estatales destinadas a la reconstrucción de las viviendas.

 

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Trabajadores gubernamentales arreglan un drenaje quebrado por una fractura producida por el sismo del 19 de septiembre en Iztapalapa. CreditMeghan Dhaliwal para The New York Times

 

Chertorivski explica que, en el caso de Ciudad de México, el gobierno local ha optado por plantear diversas soluciones. Para las personas que lo perdieron todo decidieron sumar, a los 90.000 pesos (4682 dólares apróximadamente) que da el Fondo de Desastres Naturales (Fonden), 270.000 pesos más (unos 14.048 dólares), pero esa suma no se le otorga a los afectados directamente. “Eso se va a un fondo de garantía para que el mercado financiero le otorgue un crédito de hasta dos millones de pesos y ellos solo van a pagar los intereses”, explica el funcionario.

Como los dictámenes oficiales no llegan todavía a las regiones más afectadas de Iztapalapa, las personas interesadas no pueden acceder a estos planes. Además, Salazar y muchos vecinos de la zona no creen que las ayudas del gobierno sean suficientes: les ofrecen 3000 pesos de renta durante tres meses, 30.000 pesos (1568 dólares, aproximadamente) para remodelaciones superficiales u 80.000 pesos (unos 4183 dólares) para las viviendas que colapsaron por completo.

Vivir en las calles

En las calles de Iztapalapa, los vecinos se han convertido en ingenieros y geólogos aficionados: la necesidad de conseguir alguna respuesta ante la ausencia de información los hace leer, investigar y acribillar con preguntas a cada funcionario, socorrista o forastero que ven por su zona.

No es raro ver a las mujeres barriendo su cuadra, mirando con tristeza los despojos de sus hogares y explicando que no tienen dinero para hacer un estudio de suelos porque no se sabe cómo está el manto freático; hay niños que recitan los nombres de las capas del subsuelo y buscan en medio de las ruinas las rocas extrañas y brillantes que expulsó el terremoto. Los ancianos hablan de radares, máquinas térmicas y todos los días miden con varillas el frente de sus casas con la esperanza de que no se sigan hundiendo.

En medio de todas las teorías que corren por las calles destruidas, abundan los grupos de ingenieros y geólogos que acuden a ayudar a los vecinos y, sin querer, aumentan su confusión.

Como cuando Iván Herrera, un ingeniero geólogo de 38 años que vivió en Iztapalapa durante un tiempo, comenzó a inspeccionar algunas construcciones y explicó que observaba un sistema de fallas y fracturas asociadas a la sierra de Santa Catarina pero no se podía descartar “la existencia de un flujo de lava por debajo de los sedimentos lacustres”.

“Este sismo aceleró el rompimiento de las fallas”, explicaba Herrera el 26 de octubre rodeado de algunos residentes de la calle Molino Arrocero. “Pero no se rompió algo nuevo, todo eso ya estaba hecho”. Al escucharlo, unas vecinas comenzaron a persignarse como si les faltara el aire, mientras decían: “Ahora la cosa es con volcanes”, “Jesús, ayúdanos”.

Herrera simplemente se hacía eco de las investigaciones de la UNAM. A mediados de octubre, un equipo de especialistas del Centro de Geociencias de la universidad, liderado por la investigadora Dora Carreón Freyre, mapeó las principales fracturas de Ciudad de México y, entre otras cosas, concluyó que “hay una relación directa” entre la aparición de las fracturas “y las áreas de contraste entre la zonas del lago y los edificios volcánicos”.

Más allá de que, como recuerda Carreón, toda Ciudad de México se hunde de 20 a 30 centímetros por año, el territorio de la actual Iztapalapa formaba parte de la ribera del sistema de lagos de los pueblos prehispánicos; una parte estaba en tierra firme y la otra en el agua.

Al acercarse a la colonia La Planta, las calles empeoran y la gente camina sobre anchos tablones de madera que tapan zanjas largas y profundas, mientras los niños juegan fútbol sobre ese entarimado improvisado. Sobre la calle Rosalita —donde están las chozas del campamento de 67 familias damnificadas— hay carteles por todas partes que rezan: “La Planta, Iztapalapa. ¡Exigimos dictamen!“.

Salazar piensa que la gente se desespera porque no conoce la información necesaria, por eso decidió impartir un curso todos los jueves: “Hay que aprender a vivir en riesgo, tenemos que formarnos porque muchos de nosotros no nos vamos a ir de aquí. Tenemos que estar preparados por si pasa otra tragedia”.

Mientras caía la tarde del pasado 20 de octubre, el viejo señalaba la calle atestada de casas de lona, niños correteando, perros que ladraban y mujeres que se aprestaban a hacer la cena para las decenas de familias que viven allí. “¿Sabes qué es lo peor?“, dijo mientras todo se oscurecía y la gente empezaba a meterse en sus chozas. “Ahorita empieza el frío”.

 

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Patty Mendoza, voluntaria en uno de los centros de acopio de Iztapalapa, muestra algunos de los víveres que les entregan a los damnificados. CreditMeghan Dhaliwal para The New York Times

 

 

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Niños jugando en medio de las edificaciones de alto riesgo que deben ser demolidas en Iztapalapa CreditMeghan Dhaliwal para The New York Times

 

 

‘No me va a alcanzar la vida’

 

La planificación económica para la reconstrucción de Ciudad de México y otras regiones afectadas como Oaxaca y Chiapas es otro aspecto en el que se hicieron evidentes las contradicciones y la falta de información. Para el economista Gerardo Esquivel existe “poca transparencia” sobre el monto de los recursos y cómo se van a usar.

Esquivel es investigador del Centro de Estudios Económicos del Colegio de México y un agudo analista de la profunda desigualdad que permea a la sociedad mexicana. Los anuncios hechos por el presidente Enrique Peña Nieto que en poco más de un mes ha incrementado la cifra necesaria para la reconstrucción de 37.000 millones de pesos a unos 48.000 (2500 millones de dólares, apróximadamente) le parecen precipitados.

“Quedan muchas preguntas por responder, como la situación de los edificios abandonados y quién los va a derrumbar, quién va a limpiar los escombros y qué va a pasar en los estados. Los gobiernos son un poco lentos en dar respuestas a pesar de que la gente demanda una reacción inmediata, sobre todo quienes están en albergues o con familiares”, dijo Esquivel.

Muchas de esas dudas dan vueltas en la cabeza de Juan José Arias. A veces también se pregunta qué habría pasado si no hubiese mantenido la calma para salir de su departamento. Quizá habría llegado hasta las escaleras que se desplomaron en segundos o se habría caído entre las pilas de escombros. Arias bendice su lentitud porque la rapidez le habría causado la muerte.

“Estaba sentado en la sala y, de repente, todo se movió y salté como 15 centímetros. Le dije a mi hija que no corriéramos pero que teníamos que salir porque todo se iba a caer”, explica el hombre de 65 años que sobrevivió al colapso del edificio 1 C del Multifamiliar en Tlalpan.

“Cuando abrí la puerta escuché un crujido y se trabó, las paredes comenzaron a cuartearse, los cristales se reventaron, las celosías se desmoronaron y las escaleras se cayeron justo cuando llegábamos a ellas. Y empezó a caerse todo el edificio, piso a piso. Yo vivía en el cuarto”.

 

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Las ruinas del edificio 1 C del Multifamiliar Tlalpan que colapsó por el sismo del 19 de septiembre de 2017. El derrumbe de la edificación mató a nueve personas y dejó a cientos de residentes sin hogar. CreditMeghan Dhaliwal para The New York Times

 

Arias abrazó a su hija mientras todo se desintegraba alrededor y, en un arranque instintivo, calculó que ya no estaban tan lejos del suelo y con todas sus fuerzas empujó a su hija al vacío. Después saltó.

Recuerda que cayó sobre los despojos de concreto y acero retorcido, permaneció unos instantes perdido mientras absorbía el dolor de la cadera y una mano que le palpitaba con la sangre. Luego se levantó convertido en un fastasma de polvo y consiguió a su hija desmayada. Le gritó hasta despertarla y de inmediato llegaron los vecinos a atenderlos. En el edificio 1 C murieron nueve personas.

Un mes después del terremoto, Arias sonreía y mostraba el dedo meñique de la mano izquierda que ya no siente desde su salto al vacío. Lo movía como si le fuera ajeno porque se cortó un nervio, pero eso no le preocupaba: lo que le quitaba el sueño era no saber quién se va a encargar de su edificio ni cuándo volverá a retomar su vida normal: “Estamos tratando de que el gobierno atienda nuestras demandas, que son la reconstrucción del edificio y la remodelación de la unidad. Pero hay que hacer muchos estudios y tener paciencia”.

El Multifamiliar Tlalpan es un complejo habitacional de diez edificios ubicados al sur de la capital que resultaron muy afectados, por lo que fueron evacuados por completo. Se trata de un enclave urbanístico inaugurado en 1957 que simbolizó el advenimiento de un nuevo estilo arquitectónico para las viviendas de interés social.

Desde los primeros días los vecinos de esa zona se organizaron activamente tanto para cuidar sus pertenencias que permanecen en los edificios, como para ejercer presión para conseguir respuestas del gobierno. Hicieron grupos de WhatsApp para las guardias nocturnas, organizaron un centro de acopio en una iglesia, muchos se quedaron en campamentos en zonas aledañas, se reunían en asambleas vecinales todas las semanas y, además, ofrecieron varias ruedas de prensa que captaron la atención de los medios nacionales.

Todas estas actividades parecen haber rendido frutos porque ya están listos los dictámenes de tres edificios y, según la Secretaría de Desarrollo Social, se espera que todo el complejo se rehabilite en menos de un año. “Todo esto es gracias a la organización vecinal. Esperamos que el gobierno cumpla pero todavía no sabemos nada del resto de los edificios, sobre todo del 1 C que fue el que se colapsó”, explicó Héctor Toledo, uno de los dirigentes vecinales.

Alma América Hermosillo también vivía en el cuarto piso del 1 C y llegó cuando los edificios estaban nuevos, en 1957. Tenía cuatro años y recuerda el deslumbramiento que causaba la unidad cuando era nueva, cuando era la promesa de lo que define como “otro México que construía casas dignas para los trabajadores”. Ahora tiene 65 años y, aunque agradece la fortuna de no haber estado en el 1 C cuando se desplomó, lo que más la conmueve es la pérdida de su pasado.

 

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Darisha, de 9 años, sostiene a su mascota mientras la observa Sharon, su hermana. Ambas hermanas viven en tiendas de campaña junto con sus familiares después del colapso de su edificio en Tlalpan. CreditMeghan Dhaliwal para The New York Times

 

“No importa tanto lo material pero aquí pasé mi infancia, juventud, me casé, tuve tres hijos y me volví vieja, todo, ¿puedes creerlo?”, dice, mientras las lágrimas le empañan unos lentes gruesos. Se recoge el cabello castaño y cano en una larga cola mientras señala las edificaciones: “Las autoridades han venido a cuentagotas, nos han prometido y no nos han cumplido. No estamos dispuestos a pagar ni un quinto porque para eso vino toda la ayuda humanitaria del extranjero, el gobierno nos quiere dar préstamos y que paguemos intereses a 20 años. Pero ya no me va a alcanzar la vida para eso”.

Aunque la crítica a los préstamos es un reclamo repetido en casi todas las conversaciones, dependerá de los planes estatales poder formular otras opciones. Chertorivski Woldenberg, el secretario de Desarrollo Económico de Ciudad de México, explica que las políticas públicas son susceptibles de modificaciones y argumenta que no son “una ciencia exacta”, por lo que no descarta que existan otras soluciones para las personas más vulnerables que lo perdieron todo.

Sin embargo, advierte: “Tenemos que ser muy claros, la responsabilidad está en generar todos los mecanismos para que quienes perdieron su techo puedan recuperarlo, pero es imposible pensar que el gobierno va a generar de manera gratuita la vivienda para todos”.

 

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Guadalupe Padilla Mendoza, de 60 años, prepara las camas para que sus ocho familiares y cinco perros descansen en un campamento cercano al Multifamiliar Tlalpan, en el que vivían antes del sismo. CreditMeghan Dhaliwal para The New York Times

 

El 19 de octubre, los vecinos y familiares del multifamiliar hicieron varios actos para honrar a sus muertos. Junto a la avenida pintaron murales y pusieron coronas de flores al lado de los retratos de sus seres queridos. Una pared estaba llena de las impresiones de manos de los sobrevivientes que quisieron dejar sus huellas en un lugar en el que todo el mundo las viera. Como para recordarle al resto que siguen vivos.

 
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