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Jueves, 30 Marzo 2017
17:29:12

Los ‘dreamers’ cuentan sus historias

Los ‘dreamers’ cuentan sus historias

 nytimes

El Comité Editorial de The New York Times ha urgido al gobierno de Trump a que preserve el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por su sigla en inglés), que protege temporalmente a algunos jóvenes inmigrantes de la deportación y les permite trabajar legalmente.

 

Aquí presentamos historias de algunos de esos jóvenes inmigrantes, apodados dreamers.

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Vanessa Rodríguez
Estudiante de primer año en la Universidad de Texas, en Austin

Mi nombre es Vanessa Rodríguez y se refieren a mí como dreamer indocumentada.

Indocumentada porque nací al sur de la frontera de Estados Unidos y soñadora porque ese fue el apellido que mis padres me dieron cuando arriesgaron sus almas para darme un futuro mejor.

He vivido doce años en Texas y durante ese tiempo no he conocido otro hogar. Mi padre trabaja en la construcción y mi madre, como mucama. Su trabajo arduo y sus humildes ocupaciones le han dado a mi familia una oportunidad para hacer más y soñar con mejores cosas: gracias a ello pude obtener la mención honorífica de mi generación y el premio a héroes estudiantiles del gobierno estatal.

Sin embargo, el trabajo de mis padres solo me dio la oportunidad de soñar, no de lograr algo. Únicamente el gobierno podría darme eso. Así que durante años viví con un sentimiento de miedo e incertidumbre. Los dreamers como yo hemos guardado nuestros sueños bajo llave en una caja llamada “Limitaciones”.

Los dreamers como yo hemos guardado nuestros sueños bajo llave en una caja llamada “Limitaciones”.

Cuando llegó el DACA las cosas cambiaron para nosotros. Nos permitió aspirar a más y lograr más. Para mí, significó una oportunidad de seguir con mis estudios universitarios, obtener un empleo y adquirir una seguridad temporal. Lo que hizo un éxito de mi sueño fue ese año de seguridad, de saber que no me deportarían. Estaba libre del miedo a ser deportada y eso me permitió tener seguridad en cuanto a mis habilidades.

Hace unas semanas terminé el primer semestre en la Universidad de Texas en Austin y, aunque era estudiante de tiempo completo con dos empleos de medio tiempo, logré obtener un promedio sobresaliente. El DACA ha hecho que todos estos logros sean posibles y ha sido la diferencia entre simplemente existir y vivir un sueño.

Con la nueva administración, el miedo está empezando a hacerse más evidente. La incertidumbre y la ansiedad son reales. Mi pregunta para el congreso es: ¿cuándo desencadenarán mis sueños?

¿Será cuando se lleven mi única esperanza junto con el DACA? ¿O acaso lucharán para proteger a estudiantes como yo de la deportación?

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Fidencio Fifield-Pérez
Educador y artista visual de Galveston, Texas

En julio de 2012, estaba parado frente a la televisión con lágrimas en el rostro mientras escuchaba que Obama promulgaba la controvertida acción ejecutiva después de que la ley DREAM, un proyecto de ley bipartidista, se quedó atorada en el senado. Aun a través de esas lágrimas, sabía que mi vida y la de muchos otros estaban en riesgo y que la mayoría de la gente jamás vería eso.

Estaremos repitiendo lo que ya hemos hecho antes: convencerte de que existimos, mientras te permitimos ignorar que nuestros padres son los ‘dreamers’ originales.

Fui el primero de mi familia en graduarme de la preparatoria. Todos los indocumentados que conocía –incluidos mis dos hermanos menores– habían desertado, porque se esperaba que lo hicieran o porque un diploma de preparatoria no significaba nada en los empleos a los que habían enviado solicitudes. Recuerdo que me decían que obtuviera un empleo que me diera un sueldo por debajo de la mesa y que me mantuviera con la cabeza agachada. Eso era todo lo contrario de lo que mis profesores de la primaria y la preparatoria me habían dicho. “Trabaja arduamente y también podrás hacer algo de tu vida”. Desde luego, ellos no sabían nada de mi estatus, así como yo no sabía nada de las repercusiones que implicaba.

El DACA me permitió conducir y trabajar legalmente sin miedo de ser deportado. Comencé a mostrar mi trabajo nacional e internacionalmente. Fui capaz de aceptar una beca para hacer mi maestría. Impartí siete clases en la Universidad de Iowa. En 2015, me gradué de la maestría y acepté un empleo en el Museo Nacional de Arte Mexicano como educador y gestor de arte. Actualmente, estoy terminando una residencia de once meses en Galveston, Texas.

He sido profesor y amigo de tus hijos; he sido tu compañero.

¿Acaso estas palabras son suficientes para que reconozcan que existo o que soy humano? En el momento que entré ilegalmente a este país cuando tenía siete años, mi cuerpo dejó de ser mío. Los cuerpos de los dreamers han sido debatidos, regulados, delimitados y medidos biométricamente bajo la acción diferida de Obama. Los desafíos han aumentado con su posible revocación. Estaremos repitiendo lo que ya hemos hecho antes: convencerte de que existimos, mientras te permitimos ignorar que nuestros padres son los dreamers originales.

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Deyanira
Estudiante de Austin, Texas

Nací en San Luis Potosí, México. Mis padres decidieron que sus hijos crecerían en mejores condiciones que las de ellos así que migraron a Estados Unidos, cuando yo era muy pequeña, para poder trabajar sin cesar y enviar dinero a México. Cuando tenía cinco años, migré junto con mi hermana. Me emocionaba que mi familia se reuniera de nuevo a pesar de la adversidad.

Las dificultades son muchas, desde situaciones médicas hasta obtener una licencia para conducir. El costo de visitar una clínica es abrumador debido a que no tenemos los documentos necesarios para un seguro médico. Mis padres, como muchos otros en Estados Unidos, arriesgan mucho al ir tras el sueño americano todos los días.

En agosto de 2012, el presidente Obama presentó la Acción Diferida para Llegados en la Infancia. Mi hermana y yo hicimos la solicitud y recibimos nuestros permisos de trabajo. Estaba eufórica por la alegría de ser legal en este país, pero entonces descubrí que este valioso permiso solo me ayudaría a trabajar legalmente, pero no me daría la residencia permanente. Cumplía con los requisitos para becas como la Gates Millenium Scholarship, pero ni siquiera me iban a considerar a causa de mi estatus. Sin importar que no fuera residente permanente ni ciudadana, pude hacer realidad mi sueño de asistir a la Universidad de Texas y me especialicé en Neurociencia. A pesar de que el DACA solo me da una tranquilidad temporal, lo valoro porque me quitó de encima el peso de mi estatus y me permitió trabajar y contribuir a la sociedad. Si eliminaran el DACA, tendríamos que regresar a las sombras y vivir la vida con un temor constante.

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CreditMiriam Flores

Alonso R. Reyna Rivarola
Coordinador del programa para dreamers en la Universidad de Utah, proveniente de Salt Lake City

Siempre recordaré el día que se anunció DACA. Fue el 15 de junio de 2012 y yo estaba acampando en un retiro con estudiantes, amigos y colegas de Mestizo Arts & Activism Collective (MAA), un colectivo de investigación de acción participativa en Salt Lake City, Utah.

Aproximadamente a las diez de la mañana, el grupo hizo una pausa en la agenda; fue entonces cuando regresé a la tienda de acampar para revisar mi celular. Cuando lo encendí, me sorprendió la cantidad de mensajes de texto, llamadas perdidas y mensajes de voz que estaba recibiendo (mi celular no paraba de sonar).

En unos cuantos minutos, todos los participantes de MAA nos metimos a dos autos en Little Cottonwood Canyon, donde encendimos la radio para escuchar al presidente Obama anunciar el programa que todos conocemos como DACA.

Mi historia es una de cientos de miles de historias ligadas al DACA en Estados Unidos. Todos tenemos distintos orígenes, nombres y apellidos, intereses, viajes y metas; sin embargo, todos tenemos por lo menos algo en común: todos somos dreamers estadounidenses.

Anayancy Ramos
Estudiante de McDonough, Georgia

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CreditAnayancy Ramos

Aprendí a vivir como estadounidense antes de que los recuerdos de mi país fueran más que una impresión. Olvidé mi lengua materna mientras aprendía a hablar inglés, lo cual debilitó el profundo virtuosismo de mi legado y también las maneras y personalidad grandilocuentes de mi familia. Al ir tras el sueño americano, mis padres no solo ofrecieron sus vidas, sino también a su hija menor.

A pesar de perder a los ancestros que me definían y al mismo tiempo me eran desconocidos, he luchado por ese nuevo ser que he creado a partir de las cenizas de los sueños rotos que intentaron calcinar.

Cada dos años, es posible que estos sueños mueran. Hasta entonces, respiro con los corazones y las almas de mis ancestros rechazados.

Aproveché la desesperación que sentí después de que me negaron una educación en las principales escuelas de investigación en Georgia para ponerla en mi trabajo y en la escuela: ascendí al puesto de gerente en el hospital veterinario y fui la única estudiante a la que le otorgaron la distinción de Estudiante del Año en Biología de una población universitaria de más de 21.000 estudiantes. En un intento por seguir con mi educación más allá de un título de asociado cursado en dos años, fui elegida de entre una lista de miles como semifinalista para la prestigiosa beca Jack Kent Cooke; a finales de 2016 me ofrecieron una beca privada distinta para asistir a la Universidad Estatal de Connecticut Oriental, sin costo alguno. En otros dos años, me habré graduado con una doble especialización en bioquímica y biología. Cuatro años fue lo que me tomó perseguir de manera permanente y definitiva la educación que he demostrado que merezco.

Sin embargo, estos sueños tienen una fecha de caducidad: cada dos años debo pasar por el agotador proceso de presentar una solicitud para el DACA. Cada dos años, es posible que estos sueños mueran. Hasta entonces, respiro con los corazones y las almas de mis ancestros rechazados para ponerlo en mis estudios y así mantenerlos con vida; mi búsqueda del sueño americano está arraigada gracias a ellos.

Juan Escalante
Tallahassee, Florida

Estaba trabajando como becario en 2012 cuando me enteré del anuncio de la Acción Diferida para Llegados en la Infancia (DACA) en Twitter.

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CreditMelissa Artieda Photography

Corrí al vestíbulo de la oficina, encendí la televisión y de inmediato supe que mi vida no sería la misma. Llamé a mi madre, llorando de emoción, y le dije que mis hermanos y yo podríamos beneficiarnos de un programa que nos protegería temporalmente de ser deportados y nos permitiría trabajar y conducir legalmente. Entendí que el DACA era un programa temporal que no cubriría a los padres de familia, pero eso renovó mi compromiso para luchar por la tranquilidad del resto de la comunidad inmigrante.

Hay muchas ideas erróneas acerca del DACA, pero quizá la más grande es que los beneficiarios del programa estamos pidiendo un pase libre.

Desde ese día he aprovechado cada oportunidad para crecer, aprender y retribuir con algo a mi comunidad. En 2013, el DACA me permitió volver a inscribirme en la Universidad Estatal de Florida y estudiar una maestría en Administración Pública. En 2014 tenía un empleo en Tallahassee, Florida, estudiaba para mis clases de la maestría y defendía un proyecto de ley en el congreso floridense que les permitiría a estudiantes indocumentados tener acceso a colegiaturas más baratas para universidades estatales.

Me gradué de la maestría en 2015, lleno de esperanza y energía, sintiendo que sería capaz de darle un buen uso a mi educación. Con mis títulos en mano, fui capaz de obtener un empleo como defensor de inmigración por vía digital y aprovechar mis años de experiencia y pasión.

Hay muchas ideas erróneas acerca del DACA, pero quizá la más grande es que los beneficiarios del programa estamos pidiendo un pase libre. El DACA no da la ciudadanía; en vez de eso, permite que individuos como yo, que se han beneficiado de inversiones financiadas por los estados como la educación pública, progresen con sus vidas y sigan contribuyendo a sus comunidades. Eso significa que los beneficiarios del DACA podrían continuar con su educación universitaria, emprender negocios o aprovechar sus aptitudes sin el miedo constante de la deportación si el programa sigue vigente.

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Belsy García
Estudiante de Medicina de Chicago

Nací en Guatemala y me mudé a Georgia cuando tenía siete años. Crecer sabiendo que mi estatus migratorio implicaba ciertas limitaciones hizo que dudara sobre si mi objetivo de ser médica era algo que podría lograr. No obstante, me aferré a la idea de que el trabajo arduo y la determinación serían suficientes para alcanzar cualquier meta que me propusiera. Decidí creer que mis esfuerzos serían suficientes para convertirme en doctora y ser capaz de ayudar a las personas más necesitadas, las poblaciones que a menudo están marginalizadas y son rechazadas.

Hasta noviembre, antes de la elección, mi mente no había reparado en la palabra casi, pero ahora casitiene mucho peso.

Con el DACA fui capaz de convertirme en auxiliar certificada de Enfermería, tomar el MCAT y enviar una solicitud a la Loyola Chicago Stritch School of Medicine; por fin hice realidad mis sueños de que me aceptaran en una escuela de medicina.

Voy a la mitad de mi segundo año y casi a la mitad de terminar la escuela de medicina, y casi a la mitad de lograr mi sueño de completar mi título de médica general. Pero todo está “casi” hecho. Hasta noviembre, antes de la elección, mi mente no había reparado en la palabra “casi”. Simplemente supuse que terminaría, que superaría cada obstáculo que intentara bloquear mi camino. Pero ahora la palabra “casi” tiene mucho peso.

Eliminar el DACA no solo afectaría a los beneficiarios del programa, sino a toda la población estadounidense debido a la falta de individuos diversos en todo tipo de campos. Eliminar este programa provocará un efecto dominó en todos los sectores de la sociedad estadounidense.

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Carlos Sucre
Asesor de tecnología en Miami

El momento en que escuché las noticias acerca del DACA fue el primer instante en que sentí que mi vida y esfuerzos valían la pena. Después de vivir bajo las sombras durante años, sufriendo la muerte de mi padre poco después de migrar a Estados Unidos, parecía que los sacrificios de mis padres no habían sido en balde.

El DACA me permitió creer que el futuro no solo era un concepto efímero, sino algo en lo que podría trabajar, algo que anhelar. Después de muchos años y varios retrasos, logré graduarme con mi título de licenciatura y unirme a la fuerza laboral mientras participaba activamente ayudando a mi comunidad. A través del trabajo arduo y la fe, por fin puedo decir que tengo un mundo de nuevas oportunidades, así como la capacidad no solo de soñar, sino de hacer un esfuerzo para que mis sueños se hagan realidad.

El momento en que escuché las noticias acerca del DACA fue el primer instante en que sentí que mi vida y mis esfuerzos valían la pena.

Estados Unidos es mi hogar… no porque que crea que tengo el derecho innato, sino por puro amor y devoción. Es un lugar donde mi familia puso sus esperanzas después del dolor de dejar nuestras vidas pasadas y a nuestros seres queridos también. El hogar es el lugar donde intentamos encontrar armonía y amor. Es un lugar donde luchamos por ser una mejor versión de nosotros mismos para los demás. Mi devoción y cariño por esta tierra y sus habitantes es incondicional. Rezo y espero seguir teniendo la oportunidad de ayudar a quienes lo necesitan.

Mis padres me enseñaron a ser amable de manera activa e intentar hacer que el mundo sea un lugar más cordial y mejor. He dedicado mi existencia a eso. Todo lo que espero es ser capaz de ver que ese trabajo rinda frutos.

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Ciriac Álvarez Valle
Mentora para entrar a la universidad y estudiante de Salt Lake City

Mis esperanzas, mis sueños y mis aspiraciones no son mías nada más, sino la acumulación de quienes estuvieron antes que yo, de quienes me respaldan y de quienes vendrán después de mí. Son las esperanzas de mi abuelo en México, quien cree en mí. Son los sueños de mis padres, quienes me han demostrado fortaleza ante la discriminación. Me enseñaron el significado del altruismo con su arduo esfuerzo durante horas limpiando casas y trabajando con maquinaria sin quejarse. Son los sueños de mis amigos indocumentados a quienes les dijeron que no se merecían una educación universitaria.

Mi nombre es Ciriac Álvarez Valle; soy indocumentada y no tengo miedo. Tengo 21 años y he vivido en Estados Unidos durante más de 16. Crecí en Salt Lake City, Utah, y actualmente estudio Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad de Utah. Soy una de cerca de 11,5 millones de inmigrantes indocumentados cuyo hogar es Estados Unidos.

Aunque enfrentamos la incertidumbre, estamos aquí para quedarnos.

La retórica antiinmigrante actual ha provocado miedo en mi comunidad porque las promesas que el presidente Donald Trump hizo durante su campaña ahora pueden hacerse realidad. Su plan de eliminar el programa DACA significaría que no sería capaz de trabajar como mentora de acceso a la universidad en la preparatoria local en Salt Lake City. Mi libertad de vivir en este país no debería definirse solamente por mi labor. Soy un ser humano y también merezco la oportunidad de vivir sin que me aceche la amenaza de la deportación. Aunque enfrentamos la incertidumbre, estamos aquí para quedarnos.

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CreditCarlos Adolfo Gonzalez Sierra

Carlos Adolfo González Sierra
Becario Schwarzman y panelista juvenil de la International Commission on Financing Global Education, en Lancaster, Pensilvania

El miedo estuvo presente gran parte de mi vida desde que mi madre me trajo de la República Dominicana a Pensilvania para ir a la escuela a los doce años. Por temor a que los sacrificios de mi familia fueran en vano, aproveché cada examen y tarea como si mi vida dependiera de ello.

A pesar de ser un excelente estudiante, me gradué de la preparatoria sin la certidumbre de dónde sería capaz de continuar mi educación. Durante años luché para pagar la colegiatura en la universidad comunitaria local. Finalmente, el Amherst College me aceptó. En el campus me sentía seguro. Aun así, cada noche cerraba los ojos con el temor de que mi educación algún día fuera inútil.

El verano en el que el presidente Obama anunció el DACA estaba terminando una pasantía de organización comunitaria en Chicago. Por primera vez en mi vida, por fin, me sentí con la libertad de ir tras mis sueños y utilizar mi intelecto sin miedo.

Después de graduarme con honores de la universidad, ayudé a movilizar votantes indecisos en Chicago. Colaboré en la legislación federal para aumentar el acceso a cursos de inglés como becario de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Después de eso, regresé a Pensilvania para ayudar a que los refugiados se hicieran autosuficientes económicamente y defendí la ley estatal DREAM. También continué con mi educación en instituciones de élite en todo el mundo, como becario Gates Cambridge en el Reino Unido y becario Shwarzman en China.

A quienes sienten furia por la idea de que las historias de gente como yo podrían terminar de manera prematura, pero no han levantado un dedo para protegernos… ¡les ruego que se unan a nuestra lucha!

Ahora, el presidente Trump ha prometido eliminar las órdenes ejecutivas del presidente Obama en materia de inmigración. Tengo 25 años, tengo dos títulos de maestría y un deseo insaciable de contribuir al país que me ha dado tanto. Sin embargo, siento que el miedo se adentra en mi vida de nuevo.

El siguiente par de años será crucial para mí. No regresaré a las sombras. Quienes me animan a buscar refugio en otro país no ven que mi deseo de quedarme en Estados Unidos ya no está motivado por oportunidades económicas. Estados Unidos es mi hogar. Aquí es donde me siento más cómodo.

Quiero recurrir a la ayuda de los estadounidenses que están al frente de este asunto, los estadounidenses que reconocen el impacto positivo que DACA ha tenido en la vida de personas como yo y en las comunidades donde existimos. A quienes sienten furia por la idea de que las historias de gente como yo podrían terminar de manera prematura, pero no han levantado un dedo para protegernos… ¡les ruego que se unan a nuestra lucha!

 
Modificado por última vez enDomingo, 19 Marzo 2017 07:32
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