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Jueves, 19 Octubre 2017
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Periodista, periodista hasta la muerte

Periodista, periodista hasta la muerte

 

En memoria de mis colegas asesinados por quién sabe quién

Yo empecé a hacer periodismo a los 15 años de edad. Y lo hacía sin saberlo, en realidad, desde que tuve uso de razón. Me encantaba reunirme con el loco del pueblo, Don Ruma, que todos los días recorría las calles del pueblo repartiendo ejemplares de su periodiquito de papel arroz en donde garabateaba los acontecimientos más relevantes de la sociedad tuxtleca. A los 15 años, pues, comencé a elaborar un periódico mural, que rellenaba con recortes de artículos de las revistas de la época y avisos de la comunidad de estudiantes. Me desvelaba el viernes para que al amanecer del sábado el periódico estuviera ya colgado en uno de los muros del colegio que daba a una cancha de basquetbol, en donde además de básquet jugábamos futbolito en las horas de recreo.

Así empecé el periodismo, comprometido con mis compañeros de colegio. Terminé Ciencias y Humanidades, inicie la filosofía, no la terminé y me fui a la escuela de periodismo. Era mi pasión. Más que la filosofía, más que las ciencias naturales, más que el latín y el griego, sin saber que todo lo que había aprendido en humanoides me serviría para hacer periodismo. Terminé mi carrera y comencé a trabajar en los periódicos. Mi primer trabajo fue en Ovaciones, donde sólo escribí y me publicaron un material; luego me contrataron en una agencia de noticias llamada Ame donde recorrí todos los géneros periodísticos. Muy emocionado estaba. Ingresé a Excélsior, Azahares de del sátrapa en turno, Luis Echeverría, me llevaron a participar en la fundación de la revista Proceso y posteriormente en la de El Financiero con los grandes de grandes, los Rogelios Cárdenas. Cubrí la guerra de los zapatistas, donde por poco dejamos la zalea un pequeño grupo de reporteros de El Financiero, la agencia Lemus, y la Jornada, así como una familia de hondureños que se nos pegó al bichito que me transportaba por los caminos de la sangre la muerte, en la Selva y los Altos de Chiapas. Nunca imaginé que era la muerte. La sentí de cerca, pero no me asustó. Aprendí a convivir con ella. Sin embargo, ahora me daría pánico ver una escopeta apuntándome en el pecho, como ha ocurrido y seguirá ocurriendo con tantos colegas que han sido asesinados por asesinos inconfesables, que yo no sé si sean sicarios del crimen organizado o de políticos del odio, que no pueden v ver a un periodista publicando lo que ellos no quieren que se divulgue.
Y las autoridades, el presidente, prometiendo que los asesinos serán castigados. Cuándo los asesinos de periodistas, o de otros grupos como los defensores, han sido castigados. Como todo, como la corrupción, el padrino de los asesinos es la impunidad. Los gobernantes prometen que los crímenes no quedaran impunes. Y quedan. Más de cien periodistas han sido asesinados en esta tierra de volcanes. Creo que ni siquiera el asesino del maestro Manuel Buendía fue castigado. No estoy seguro que el que metieron a la cárcel haya sido el autor material del homicidio. 
Por qué los mexicanos tenemos ese mal fario de elegir gobernantes irresponsables, inútiles, que sólo van a Los Pinos a hacer pingües negocios con sus amigos, con sus compadres, con sus proveedores multimillonarios. Pobres de los mexicanos. Los habitantes de Bagdad están en mejores condiciones; los de Siria, mejor. 
Pero qué nos pasó a los mexicanos. Éramos gente buena, solidaria, compasiva, le regalábamos un vaso de agua al primer transeúnte que pasaba por la puerta abierta de nuestra casa. Qué horror. Nos bajamos del mundo y nunca nos dimos cuenta.

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