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León Felipe, una biografía paralela, a mi aire (II)

León Felipe, una biografía paralela, a mi aire (II)

13/11/2018 

José González Núñez

hoyesarte 

Después de una primera etapa más individual, en la que se interroga ¿quién soy yo? para responderse: “Yo no soy nadie./ (¿Has entendido ya/ que Yo eres Tú también?)”, al mismo tiempo que se pregunta acerca de la naturaleza de la poesía (“tristeza honda y ambición del alma”), en el creciente de la obra de León Felipe surge una etapa más dialéctica, en la que sobresale especialmente sus diálogos con España, con las Españas. Después de una breve estancia en Panamá, de donde se despide con el artículo Good bye Panamá, en 1936 regresa a nuestro país en el que, tras el derrumbe de la monarquía, el levante de julio había roto cualquier esperanza y hacía presagiar un invierno infinito.

 

León Felipe llega a Madrid con lo puesto, y lo puesto era un traje de lino que no resistió las primeras embestidas otoñales de la noche madrileña. Se instala en un primer momento en la Casa de las Flores y, poco después, lo hace en el palacio que la Alianza de Intelectuales Antifascistas había habilitado como residencia de escritores y artistas. Allí encontraría, con la ayuda de María Teresa León, un abrigo de caza con el que defenderse del frío.

Durante un tiempo vive en Madrid, pero termina por marcharse a Valencia, convertida en la sede del Gobierno republicano ante el asedio de la capital, aunque vuelve varias veces al frente de Madrid y hace algunas escapadas a Barcelona y a Francia. Durante este periodo entabla amistad con Emilio Prados, Rafael Alberti, Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz… y, sobre todo, con Antonio Machado, “uno de los pocos poetas españoles ungido con aceite puro y sagrado de olivos”, con quien seguramente compartió, además del ensueño y la esperanza, más de un secreto de “los días azules” de la infancia.

Para ayudar a la República escribe La insignia (1937), un poema desgarrado y profético que causó división de opiniones en el llamado Frente Popular porque, si bien se posicionaba inequívocamente contra la “España maldita de Caín, aunque la haya bendecido el Papa”, reprochaba a las izquierdas (sindicalistas, comunistas, anarquistas, socialistas, trotskistas, republicanos de izquierda) la falta de unidad y el haber invertido el orden de las conquistas históricas españolas (“Se va de lo doméstico a lo histórico/ y de los histórico a lo épico”) para anclarse en la domesticidad: “Pueblo español revolucionario,/ ¡estás solo!/ ¡Solo!/ Sin un hombre y sin un símbolo./ Sin un hombre y sin un símbolo./ Sin un emblema místico donde se condense el sacrificio y la disciplina/ Sin un emblema solo donde se hagan bloque macizo y único todos tus esfuerzos y todos tus sueños de redención”.

El poema contiene además un duro reproche a la actitud adoptada por Inglaterra, la portera de Occidente, a la que califica de “vieja raposa avarienta”, y describe con la precisión y técnica de los buenos periodistas los horrores de la guerra: “El 18 de noviembre, solo en un sótano de cadáveres, conté trescientos niños muertos…/ Los he contado en los carros de las ambulancias,/ en los hoteles,/ en los tranvías,/ en el Metro…,/ en las mañanas lívidas,/ en las noches negras sin alumbrado y sin estrellas…”.

Cuando vio que España había estallado como una granada y que aquí no se podía hacer nada ante la cómplice pasividad de las democracias occidentales, se negó a presenciar el espectáculo de ver a su madre con el vientre a cuestas. Tomó una maleta con toda su rabia, vergüenza y estupor y volvió a México (1938), convirtiéndose en agregado cultural de la embajada de la República en el exilio (única reconocida por el Gobierno de Lorenzo Cárdenas) y en un español tan mexicano como mexicano español.

En el trayecto de regreso había compuesto El payaso de las bofetadas y el pescador de caña, donde muestra su dolor por la injusticia, defiende que “el poeta habla desde el nivel exacto del hombre” y aboga por la responsabilidad del poeta en la construcción de la historia: “La historia la hacemos entre los dioses y los hombres. Y cuando los dioses se duermen por cansancio o por astucia, es cuando más ha de vigilar el hombre. Y dar la señal de alarma. La señal de alarma la da siempre el poeta prometeico”.

Desde entonces, el exilio le dejó varado en la otra orilla de la lengua española como su inclasificable poesía lo dejaría al pairo de las corrientes literarias de su época (él mismo se definiría como “una oveja sin rebaño”, mientras Max Aub afirmaría que “León Felipe es –él solo– una generación”). Sin embargo, el pálpito de la sangre, el sueño y la palabra se continuó en las tierras americanas: “Mi patria está en todos los rincones de esta tierra de promisión… que ahora se me abre inmensa… desde el río Bravo a la Patagonia… He perdido la España matriz, vieja España europea y africana donde nací… pero aquí se me ha multiplicado la patria”.

Había ardido España y, ahora, Europa –y el mundo todo– se llenaba del color del espanto (“la costra de la Tierra es una llaga purulenta/ y Job el leproso colectivo”). Es el tiempo de la desolación, que lo arrebata todo y llena los espacios de cieno. No sabe si tomar una dirección hacia otra esperanza o coger otra dirección para esa misma esperanza por la que ha venido luchando. En una y otra se encontrará con el polvo de los caminos, pero ha de seguir avanzando porque, aunque la vida no solo sea esperanza, el hombre no puede vivir sin ella. Sus libros profundizan tanto en la inquietud personal como en la metafísica, intentando descubrir las claves de la existencia humana.

Al mismo tiempo, en esta etapa su poesía asume el compromiso político y social de dar una respuesta activa a lo que está pasando en el mundo, utilizando para ello el arma de mayor precisión que un poeta tiene para la resistencia: la palabra. De ahí que su poesía adquiera el carácter de un grito, recurriendo al salmo, fórmula de raíces bíblicas y sonido profético.

Entre las obras de este periodo están: El hacha (1939), poema al que parece trasladarse parte del relincho furioso de La Insignia: “… en esta tierra maldita no hay bandos./ No hay nada más que un hacha amarilla/ que ha afilado el rencor…”; Español del éxodo y del llanto (1939), donde retrata un mundo que se desvanece y convierte al exilio en la sustancia principal de su canto, mostrando una vez más el papel de España como “madrastra de tus hijos verdaderos”, como en su día denunciara el verso de Lope de Vega, pero pidiendo, como en el Poema de Fernán González: “¡Señor, por los nuestros pecados, no destruyas España!”, y gritando para que lo oiga Franco: “Tuya es la hacienda,/la casa,/ el caballo/ y la pistola/ Mía es la voz antigua de la tierra./ Tú te quedas con todo/ y me dejas desnudo y errante por el mundo…/ más yo te dejo mudo…¡Mudo!/ ¿Y cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción?”, y El gran responsable (1940), en el que aborda la responsabilidad del poeta: “El poeta es el gran responsable./ La vieja viga maestra que se vino debajo de pronto/ estaba sostenida sobre un salmo”.

Una biografía paralela, a mi aire (III)

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12/11/2018 - José González Núñez

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El diálogo de León Felipe con el ser de España, la del interior y la del exilio americano, da paso a un nuevo diálogo interior y a una especie de conversación permanente con Dios, en la que le demanda una y otra vez, directamente o a través de su representante, el Arcipreste, el acceso a la Luz, que no es otra cosa que la verdad.

Pero, cuando la razón se ha despojado de razones y se arropa en la oscuridad, produce monstruos y la verdad se convierte en un ideal inalcanzable: Prometeo está mudándose en Sísifo y el mundo no puede ser iluminado porque la luz crea repetidamente nuevos estados de sombra que, en esta hora de la historia, son cada vez más lejanos y profundos. La pleamar del existencialismo, con sus distintos oleajes, comienza a inundar las arenas del pensamiento occidental y el poeta siente la desilusión y el descreimiento de las utopías. En este estado de cosas no resulta extraño que reivindique la locura.

La primera confesión existencialista está recogida en Ganarás la luz (1943), cuyo subtítulo “biografía, poesía y destino” es una clara declaración de intenciones: “Y en este libro biográfico y poético, no sé dónde empieza el verso y dónde acaba la historia. Soy un mestizo. Soy un lagarto. Soy el emperador de los lagartos”, entendiendo por lagartos “los territorios casi ya incontrolables del subconsciente”.

León reafirma el valor del Viento como medianero entre el Hombre y la Luz, definiéndolo como la verdadera fuerza poética, el impulso de la historia. Se trata de un libro complejo, de formas poéticas múltiples (“salmo abierto”), ciertamente testamentario, pero en el que lo personal acaba desembocando en lo social, lo histórico y lo metafísico, y en el que León Felipe sustituye ya abiertamente el concepto de España por el de Hispanidad: “En el mapa de mi sangre, España limita todavía: por el oriente, con la pasión,/ al norte, con el orgullo,/ al oeste, con el lago de los estoicos/ y al sur, con unas inmensas ganas de dormir./ Geográficamente, sin embargo, ya no cae en la misma latitud. Ahora/ mi patria está donde se encuentre aquel pájaro luminoso/ que vivió hace ya tiempo en mi heredad”.

Cuadernos Americanos

En esta época colaboró muy estrechamente con su amigo Juan Larrea y otros intelectuales en la fundación y desarrollo de Cuadernos Americanos (1942), la revista que venía a cubrir el vacío de la España peregrina, el órgano portavoz de la Junta de Cultura Española, que trataba de fomentar un nuevo humanismo y dar voz a los creadores hispanoamericanos en un momento en el que Europa estaba callada por la guerra y España aprisionada entre las garras de Franco. Desde sus páginas. León Felipe daría aliento a los expatriados, pero también tendría palabras de reconocimiento para los poetas exiliados del interior: “Vuestros son el salmo y la canción”.

Entre 1946 y 1948, el poeta vuelve a hacerse camino y, animado por su sobrino, el afamado torero Carlos Arruza (“tú tienes mucho más cartel que yo”), realiza una gira como “caballero andante de la poesía” por la mayoría de los países hispanoamericanos, que le llevará a la publicación de su Antología Rota. A partir de este momento dejaría reposar su espíritu errante y el eterno pasajero se asienta definitivamente en México.

La trashumancia había terminado y sus noches no tendrán ya otras estrellas que las del cielo mexicano. En los veinte años que corren de 1948 a 1968 vivió en la Ciudad de México sin interrupción, ganándose la vida como traductor y como investigador de la Casa de España, viviendo como “español de un mundo poético que está en otras dimensiones que el mundo histórico español –republicano, franquista o monárquico– y que yo he llamado el español del Éxodo y del Viento” (España y el Viento).

Al tiempo, su producción literaria sigue con la publicación en 1950 de Llamadme publicano: “Soy y vengo del sueño (…)/ ¡Fui semilla que quiso ser espiga…/ y soy espiga que sueña en ser pan ázimo!”, así como con traducciones de autores importantes en lengua inglesa y varias paráfrasis de obras dramáticas de William Shakespeare y Cristopher Fry, un poema-cuento en forma de guion cinematográfico, La manzana, y una serie de pequeñas piezas en prosa escritas para la incipiente televisión mexicana que, una vez pasadas por el cedazo de la sencillez narrativa, se convirtieron en El juglarón.

Doble pobreza

En 1958, poco después de la muerte de su mujer, termina El ciervo, cuyos poemas había dado ya a conocer en actos públicos desde 1956. El libro enlaza con el anterior del publicano por el poema La ventana o El cuadro (diálogo entre el hombre y el viejo guardián de la heredad).

Comienza a sentirse invadido por una doble pobreza, “la del viejo pobre y la del pobre viejo”, y le pregunta al Arcipreste por qué no puede aullar el hombre cómo lo hace el mar: “Pasan los días y los años, corre la vida/ y uno no sabe por qué vive…/ Pasan los días y los años, llega la muerte/ y uno no sabe por qué muere./ Y un día el hombre se pone a llorar sin más ni más,/ sin saber por qué llora, por quién llora… y qué significa una lágrima”.

Este sentimiento se prolonga en Cuatro poemas con epílogo y colofón, dedicado a Dámaso Alonso, que termina con los siguientes versos: “Luz…/ Cuando mis lágrimas te alcancen/ la función de mis ojos/ ya no será llorar,/ sino ver”. La vejez y la pérdida de Bertuca (“Al fin todo se hundió… / y tu mirada se torció y se deshizo/ en un cielo turbio y revuelto…/ Y ya no vi más que mis lágrimas”) le abandonan en un desierto inacabable de escepticismo, angustia y desesperanza. Tiene más de 70 años, su respiración se hace tan solo un poco más ligera que su cansancio de vivir y comienza a contemplar la muerte como el único descanso posible.

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Viernes, 14 Diciembre 2018
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