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La grosería es tan contagiosa como la gripe, según la ciencia

La grosería es tan contagiosa como la gripe, según la ciencia

Rincón de la Psicología

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Posted: 13 Sep 2019 02:34 AM PDT

Vivimos en tiempos difíciles. Tiempos en los que es fácil perder la calma – y la compostura – dejando que la hostilidad y la grosería campen a sus anchas. Tiempos en los que los insultos se han convertido en el pan cotidiano, en todas las esferas y en todos los sitios, transformando el desdén y la mala educación en una presencia perenne que muchos han aceptado – de mejor o peor gana – en sus vidas. Tiempos en los que hemos olvidado las sabias palabras del filósofo Eric Hoffer: «la grosería es una débil imitación de la fuerza«.

 

Investigadores de la Universidad de Florida creen que, al menos en gran parte, este fenómeno se debe a que la hostilidad y la grosería son contagiosas, como la gripe. En una serie de experimentos descubrieron que las personas que fueron insultadas o presenciaron una grosería, en algún momento terminaban atacando verbalmente a otras personas.

Los comportamientos inciviles y maleducados a menudo generan un efecto de bola de nieve. Cuanto más nos expongamos a la rudeza y la hostilidad, más probabilidades tendremos de percibirlas en los demás y, sobre todo, más probabilidades tendremos de ser groseros y hostiles con quienes nos rodean. Un comportamiento incivil siembra una semilla en nuestro interior que va creciendo – lenta pero inexorablemente – hasta que termina saliendo a la luz.

Si han sido groseros contigo, es más probable que seas grosero con los demás

En uno de los experimentos, los participantes debían completar una breve encuesta de 15 minutos. Cuando terminaron, uno de los investigadores fingió ser un participante que llegaba tarde y pidió que lo incluyeran en el estudio. En un grupo, el investigador le dijo cortésmente que el experimento había comenzado y le ofreció programarlo para otro momento. En otro grupo, el experimentador reprendió groseramente al participante y le dijo que se fuera. 

Luego todos los participantes debían completar una tarea similar a una sopa de palabras. Algunas palabras eran positivas, como “útil” y otras tenían un componente hostil, como “grosero”. Curiosamente, las personas que vieron al experimentador comportarse de manera hostil y maleducada, detectaron rápidamente las palabras hostiles y rudas, lo cual significa que estas se encontraban activas en su mente.

Para comprobar si esa sensibilidad afectaba el comportamiento social, los investigadores realizaron otro estudio. Comprobaron que cuando las personas veían un vídeo donde un empleado se comportaba de manera grosera con un cliente, a la hora de gestionar una incidencia, escribían correos electrónicos más hostiles.

Eso significa que cuando sufrimos un comportamiento hostil o somos testigos del mismo, en nuestra mente se activa el concepto de grosería, aunque no seamos plenamente conscientes de ello. Como resultado, seremos más propensos a calificar pequeñas señales del medio como hostiles, rudas o groseras. Eso nos haría caer en una profecía que se autocumple, de manera que terminaremos respondiendo nosotros mismos con rudeza ante los demás.

La grosería nos agota, literalmente

Los investigadores también descubrieron un vínculo entre la grosería y los niveles más bajos de autocontrol. Cuando alguien se muestra hostil y maleducado con nosotros, ello nos obliga a gastar una enorme cantidad de energía mental destinada a descubrir lo que está sucediendo. ¿Qué causó la grosería? ¿Qué significa exactamente?

Si alguien nos ataca físicamente, por ejemplo, todos podemos notar que se trata de un comportamiento abusivo. No cabe duda. Pero si alguien nos dice: “¡Quítate!”, nos preguntaremos si ha sido agresivo o grosero o simplemente llevaba prisa. En los contextos sociales, la grosería suele ser ambigua, por lo que está abierta a la interpretación.

Esos pensamientos consumen recursos cognitivos, por lo que terminan reduciendo nuestra capacidad para controlar los impulsos. Por lo tanto, si ya hemos sido testigos de una grosería, seremos más propensos a ser maleducados y hostiles con los demás, simplemente porque no controlamos nuestros impulsos. De cierta forma, pagamos con los otros la grosería o el desdén sufridos, a veces sin ser plenamente conscientes.

Los riesgos de la incivilidad

La hostilidad, los insultos, la mala educación y la grosería no solo hacen sentir mal a quien se convierte en diana de estos comportamientos, sus consecuencias van mucho más allá, ejerciendo una influencia descomunal en todas las esferas de nuestra vida.

La incivilidad y la grosería pueden disminuir la confianza, provocar sentimientos de ira, miedo y tristeza e incluso causar depresión. Un estudio realizado en la Singapore Management University reveló que la incivilidad en el trabajo no solo genera una gran dosis de estrés sino que también puede causar problemas psicológicos y de salud.

Otra serie de estudios realizados en el Instituto de Tecnología de Israel desveló que cuando el personal médico era objeto de comentarios maleducados e inciviles, solían cometer más errores de diagnóstico y en el tratamiento de los pacientes.

El impacto de la grosería incluso traspasa las fronteras del ambiente en que se produjo el hecho. Investigadores de la Universidad Baylor comprobaron que sufrir comportamientos inciviles en el trabajo tenía implicaciones en la vida personal, disminuyendo la satisfacción de la relación de pareja, lo cual probablemente se debe a que arrastramos a casa esa hostilidad.

Conciencia: El antídoto para la mala educación

A la luz de estas investigaciones, se aprecia que la grosería puede ser contagiosa, incluso si solo nos hemos expuesto a un episodio. Y que cualquiera, absolutamente cualquiera, es susceptible de ese contagio, el cual tendrá consecuencias negativas en nuestras relaciones interpersonales y empeorará nuestra sensación de bienestar.

Para detener esa avalancha de hostilidad, necesitamos dar un paso atrás y no reaccionar siguiendo nuestros primeros impulsos. Necesitamos ser conscientes de que somos “portadores” de la hostilidad que hemos recibido, para luego recuperar nuestra capacidad para autorregularnos y poder responder con calma a la situación, preferentemente desde la cortesía y la amabilidad, para romper una cadena negativa e iniciar otra positiva que genere bienestar en los demás.

Reemplazar la grosería y la impaciencia con la conciencia plena, la cortesía y la amabilidad quizá no cambie el mundo, pero cambiará nuestro mundo más cercano y nuestras relaciones. Y a veces, eso es todo lo que necesitamos.

 

Fuentes:

Woolum, A. et. Al. (2017) Rude color glasses: The contaminating effects of witnessed morning rudeness on perceptions and behaviors throughout the workday. J Appl Psychol; 102(12): 1658-1672.

Riskin, A. et. Al. (2017) Rudeness and Medical Team Performance. Pediatrics; 139(2): e20162305.

Foulk, T. et. Al. (2016) Catching rudeness is like catching a cold: The contagion effects of low-intensity negative behaviors. J Appl Psychol; 101(1): 50-67.

Riskin, A. et. Al. (2015) The Impact of Rudeness on Medical Team Performance: A Randomized Trial. Pediatrics; 136:3.

Ferguson, M. (2012) You cannot leave it at the office: Spillover and crossover of coworker incivility. Journal of Organizational Behavior; 33(4): 571-588.

Lim, S. et. Al. (2008) Personal and workgroup incivility: Impact on work and health outcomes. Journal of Applied Psychology; 93: 95–107.

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