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Miércoles, 27 Mayo 2020
03:21:28

Volverse un autómata del deber es la receta para la estupidez, según Nietzsche

Volverse un autómata del deber es la receta para la estupidez, según Nietzsche

 

El proceso de educación y socialización al que somos sometidos desde pequeños pasa por la inoculación de los “deberes”. Esos deberes se expresan bajo una miríada de formas, desde los valores positivos socialmente aceptados hasta las obligaciones que contraemos. Como resultado, no es extraño que nuestro pensamiento y discurso cotidiano estén colmados de “deberes”.

El deber tiene un doble sentido. Por una parte, implica “estar obligado para con el otro” y por otra, “estar obligado a algo”. Por tanto, implica el reconocimiento de que estamos obligados a hacer algo porque se lo debemos a los demás.

El deber, de hecho, se usa como un verbo modal que da pie a mandamientos como “debes esforzarte”, “debes trabajar” o “debes ser bueno”. Cuando interiorizamos esos mandamientos sociales conjugamos el deber y este se convierte en un mandamiento interno: “debo esforzarme”, “debo trabajar” o “debo ser bueno”.

Se produce entonces un cambio de lo interpsicológico a lo intrapsicológico. La presión social se difumina a favor de la presión interna. En ese punto, según Friedrich Nietzsche, nos convertimos en autómatas que se han quedado atrapados en las redes del deber. Y ese es el camino más directo a «la decadencia y la estupidez«, según el filósofo.

Abrazar valores ajenos conduce a la falsificación de uno mismo

 

Ser la causa de sí mismo, el único responsable de la propia existencia y de la propia acción: esa es la idea que defendió encarnizadamente Nietzsche y el leitmotiv de su obra. El hombre como sujeto activo de su propia vida, que ejerce la libertad máxima y es capaz de liberarse de los mandamientos sociales que le impiden alcanzar su potencial como persona.

Nietzsche luchó contra la moral, al menos la moral impuesta por los diferentes sistemas de control. Creía en la existencia de valores y virtudes que se conviertan en brújulas de nuestra vida, pero solo en aquellos que sean realmente nuestros.

Una virtud debe ser una creación propia, nuestra defensa más personal y una necesidad; en cualquier otro caso es solo un peligro. Todo lo que no representa una condición vital es nocivo: una virtud dictada simplemente por un sentido del respeto por la idea de la ‘virtud’, es dañina”, escribió.

Todas aquellas virtudes que no nazcan de nosotros, sino que hayan sido impuestas y acatadas sin que medie un proceso de reflexión, pueden terminar convirtiéndose en una obligación y, por ende, pueden limitar nuestro potencial haciendo que tomemos decisiones que no nos ayudan a crecer sino que cercenan nuestra inteligencia.

Nietzsche estaba convencido de que abrazar los valores sociales, sin haberlos cuestionado, conduce a desarrollar una moral esclavizante. Por eso debemos asegurarnos de no traspasar el fino límite que existe entre la virtud que conduce a la superación y aquella que se transforma en una regla rígida que termina paralizando al hombre.

En ese sentido, esas virtudes pueden ser extremadamente dañinas. Entonces el sublime mandamiento del “tú debes” conduce a una “falsificación de uno mismo”, como dijera Nietzsche.

El espíritu libre no se ata ni siquiera a sí mismo

Nietzsche también abogaba por desarrollar virtudes y valores pragmáticos y contextualizados. No creía que las virtudes abstractas pudieran aportarnos algo valioso a nuestro desarrollo personal.

Pensaba que cuando “la ‘virtud’, el ‘deber’ y el ‘bien en sí mismo’ adquieren un carácter impersonal y universal se convierten en fantasmas”. Afirmó que “un pueblo perece cuando confunde el deber personal con el concepto del deber en general”. Ese deber convierte el sacrificio en una abstracción. Entonces el sacrificio o cualquier otro valor o acción se vuelven vanos, carentes de significado.

Como antídoto, propuso que “cada persona descubra su virtud por sí sola”, porque esta debe ser el resultado de una “profunda decisión personal”. Para ello, primero debemos realizar un ejercicio de instrospección que implica reconocer y aceptar las sombras y luces que habitan en nuestro interior, de manera que podamos unificar nuestros impulsos y deseos. Solo entonces podremos desarrollar unos valores personales que no estén en continuo conflicto con nuestra esencia.

Encontrar esos valores también implica enfrentarse al pasado sin resentimientos e incluso recrearlo cambiándole el sentido, pero siempre teniendo en cuenta el carácter perspectivista: “todo sentido es creación provisional sin garantías ni seguridades y toda creación responsabilidad y riesgo sin juicio final”, como escribiera el filósofo. Eso significa tanto aceptar nuestro «yo» pasado como la incertidumbre del futuro.

Esa visión nietzscheana nos convierte en espíritus libres. Personas maduras que no están esclavizadas por su pasado y no temen al futuro. Sin embargo, ni siquiera en ese punto podemos bajar la guardia porque siempre podemos quedarnos atrapados en la telaraña de los valores que construimos. “Cuidemos de que no se convierta en nuestra vanidad, en nuestro adorno y vestido de gala, en nuestra limitación, en nuestra estupidez”, advirtió Nietzsche.

El espíritu libre es, por tanto, quien se esfuerza por cultivar su propia virtud en armonía con su naturaleza. Pero también es quien logra liberarse de sí mismo. Por tanto, es una persona consciente de que todo está en permanente cambio. Incluidos sus valores y virtudes.

 

 

Fuentes:

Nietzsche, F. (2011) El anticristo. Losada: Buenos Aires.
Nietzsche, F. (2012) Más allá del bien y del mal. Alianza Editorial: Madrid.

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