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La academia jailona se “indigna” por llamar golpe al golpe

La academia jailona se “indigna” por llamar golpe al golpe
 
 
 
Análisis
 
21/11/2019
 
Los “jailones” siempre han sido caporales aspirantes de patrón, ostentando lo que no poseen y lo que no son; por eso, en el ámbito académico, se enfilan comedidos para ser formateados en un sistemático proceso de blanqueamiento epistémico, como el “capital simbólico” necesario para ser incluidos en la sociedad blanco-criolla.

 

Estos se pronunciaron recientemente en comunicados al mundo académico internacional acerca de la denuncia del golpe de Estado sucedido en Bolivia. Uno de ellos, incluso se “indigna” ante lo que llaman “interpretaciones simplificadoras”. Llaman “simplismo” a decir las cosas por su nombre. El golpe dictatorial ya ha producido 23 muertos, por un ejército que goza de un decreto, el 4078, que da licencia para matar. Pero aquella masacre no les “indigna”; es más –como en octubre de 2003–parecen estar dispuestos a pasar por alto, que la gasolina de la planta de Senkata (en El Alto) pase a la ciudad de La Paz, chorreando sangre de hermanos; que admitir su propia complicidad irreflexiva en el retorno del fascismo a Bolivia. 

Por eso no es raro que ahora se “indigne” su miopía intelectual, cuando desde otras latitudes, se diga con todas sus letras, lo que estos no pueden ni siquiera pronunciar por temor al qué dirán de su entorno social. Se “indignan” que se denuncie el golpe de Estado en Bolivia, sólo porque eso no confirma sus vacuos esquemas mentales (porque sus limitaciones epistemológicas sólo saben decir amen a la definición de manualitos). Pero no les “indigna” para nada que sus pueriles diagnósticos pasen por alto la insurgencia fascista, golpista y racista que coadyuvaron a generar a nombre de “defensa de la democracia”. 

Llaman “crisis estatal” a los avatares de un individuo señalizado como el chivo expiatorio, cuyo sacrificio, iba supuestamente a devolvernos al “orden”. En esa obtusa visión dejan olímpicamente de lado el hecho de que en el ámbito político nunca hay un solo jugador (pero sólo tienen ojos para el Evo; como dice Enst Bloch, quedaron atrapados por su objeto de análisis). Por eso en su crítica obvian por completo lo que la derecha desestabilizadora hizo en todo este tiempo y la presentan como una inocente virgencita de pueblo que sólo se detenía a contemplar risueña lo que sucedía a su alrededor. Salen en la defensa de la aparente “diversidad de actores” en un pluralismo sin criterio, porque de ese modo nunca dicen y, es más, admiten a los intolerantes, fascistas y racistas como parte “democrática” de aquella mixturada diversidad que no saben siquiera descomponer analíticamente. 

manifestacion_con_los_asesinados_21_11_2019_small.jpg
 
Manifestacion en La Paz con los féreteros de las personas asesinadas en la planta de Senkata (21/11/2019) 

 

Porque se constituyen en meros sucursaleros y repetidores de universos conceptuales y categoriales que sólo saben consumir, sin el más mínimo criterio de adopción o aplicación crítica, exponen una pérdida total de sentido de realidad cuando confunden a un proceso histórico con un gobierno circunstancial. Por eso no saben ni darse cuenta de la funcionalización de la que son objeto, al producir todos los argumentos que precisa la derecha para legitimar una aventura golpista que ahora instaura la verdadera dictadura que, al parecer, tanto aspiraban a confirmar. 

Ahora que ya tienen la dictadura que tanto deseaban sus dislates mentales (con una autoproclamada “presidenta” frente a un parlamento vacío y, en plaza de armas, frente a un supuesto pueblo compuesto por puro periodistas, un decreto que da a los militares licencia para matar, un cómplice silencio mediático al mejor estilo de las dictaduras pasadas, ministros que amenazan a diario toda disidencia, criminalización de la protesta, desfalco de las arcas públicas para comprar a militares y policías; etc.); no muestran una mínima autocrítica, sino que se empecinan en afirmar sus prejuicios formalizados en argucias discursivas que los inmuniza ante la verdadera indignación de ver algo que sólo se puede llamar golpe de Estado. 

Porque aceptar la figura del golpe es aceptar la miopía de su jibarismo intelectual, que a nombre de producción teórica sólo sabe eyacular especulaciones para el placer derechista que, en esta coyuntura, recibió gozosa la legitimación teórica que le brindó, en bandeja de plata, un incauto ámbito académico que nunca se distanció, ni siquiera por prudencia, del fascismo creciente que cooptó muy bien las movilizaciones antigubernamentales. 

Abundar insistentemente en la retórica de la “perpetuidad del mandato”, el 21-F, el “fraude electoral” (fieles al plan golpista develado por los mismos gringos), sólo demuestra una sospechosa inclinación al discurso montado por la derecha para legitimar la dictadura que estamos padeciendo. Cuando nosotros iniciamos nuestra crítica al “asalto jacobino” del gobierno, el 2006 , los que ahora se rasgan las vestiduras no decían ni pio y hasta algunos ejercían cómodamente cargos gubernamentales y otros recibían jugosas consultorías. Ahora por puro oportunismo o revanchismo y mostrarse “políticamente correctos”, porque ahora está “mal visto ser masista en sociedad”, no atinan ni siquiera en desencubrir la digitada propaganda montada por el fascismo para acabar con lo nacional-popular (el Evo es sólo la excusa). Cayeron en la trampa y eso demuestra su escaso ejercicio reflexivo y su ausente costumbre de pensar su propio país. 

Por eso sus llamados triviales a la paz a cualquier precio (siendo sólo un “llamado al orden”), se reduce a la defensa de la institucionalidad del famoso Estado de derecho; ese mismo Estado que en casi dos siglos sólo ha servido para perpetuar la desigualdad estructural y la injusticia política, social y económica. Le culpan al Evo no haber cambiado eso, pero ahora ellos mismos claman por su restauración definitiva que, por mediación de este golpe, lo hará en su versión más fascista. 

Se creyeron el modelo gringo de la “democracia” como “sistema democrático”: no importa la injusticia ni la desigualdad estructural, sino que el sistema funcione. Por eso no creen en el pueblo, al que sin embargo exhiben como objeto de exhibición teórica en sus ostentosos circos académicos. Porque no creen en el pueblo gracias al cual viven, se brindan presurosos a defender valores e intereses ajenos que ni ven ni adivinan, pero que premiara su ceguera, con la consolidación de un sistema universitario convertido en fábrica de títulos (promoviendo el negocio de posgrados a granel). 

Para estos intelectuales, el golpe de Estado no existe, es más, hasta lo consideran una mera “hipótesis discursiva”. La realidad se ha convertido en una mera excusa para estos posmodernos tardíos que han relativizado hasta la verdad; por eso no atinan a considerar que la verdad o falsedad de una teoría no es un asunto teórico sino una comprobación fáctica por sus consecuencias políticas. 

Si su crítica al gobierno deviene en la afirmación de un golpe dictatorial, entonces su crítica es sólo una cobertura “ilustrada” de un posicionamiento derechista y hasta fascista. Si mi desacuerdo me conduce a alinearme con el racismo señorialista que, con biblia en mano, asaltaron el poder político, a nombre de “democracia”, e instauraron una dictadura que está generando un genocidio con cara de Reconquista, entonces mi desacuerdo no es democrático. 

Por eso la historia no los absolverá. Mientras los universitarios en Ecuador, Chile y Argentina luchan contra el fascismo, en Bolivia, esta academia apuesta y justifica el retorno del fascismo. 

Si de simplismos hablamos, el verdadero “simplismo” consiste en llamar “salida constitucional” a un golpe de Estado, o en homologar una insurrección señorial con una revolución popular. Curiosa revolución, además dizque democrática, que masacra cada día gente pobre, acusándolos además, fiel al repertorio fascista, de “vándalos”, “drogadictos”, “sediciosos”, “terroristas”, etc. 

Que el ámbito universitario nacional se constituya en base de reclutamiento de la oligarquía, confirma la colonialidad académica que le atraviesa, como imagen y semejanza de una clasificación racial naturalizada en la propia intelectualidad que promueve. Ninguna crítica se justifica a sí misma, menos si lo que origina son situaciones regresivas de empoderamiento fascista-oligárquico. Que esa sea la apuesta de ciertos académicos, que se ufanan de “demócratas”, no hará sino provocar, en lo sucesivo, el divorcio definitivo entre Universidad y pueblo. 

-Rafael Bautista S., forma parte del Consejo Editorial del Bolivan Studies Journal de Pittsburg University. Ha sido miembro de LASA-sección Bolivia. Es autor de 18 libros. Dirige además “El Taller de la Descolonización” y “La Comunidad de Pensamiento Amáutico”.

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/203418
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