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Viernes, 5 Junio 2020
03:44:32

Educación y Cultura

Volverse un autómata del deber es la receta para la estupidez, según Nietzsche

 

El proceso de educación y socialización al que somos sometidos desde pequeños pasa por la inoculación de los “deberes”. Esos deberes se expresan bajo una miríada de formas, desde los valores positivos socialmente aceptados hasta las obligaciones que contraemos. Como resultado, no es extraño que nuestro pensamiento y discurso cotidiano estén colmados de “deberes”.

El deber tiene un doble sentido. Por una parte, implica “estar obligado para con el otro” y por otra, “estar obligado a algo”. Por tanto, implica el reconocimiento de que estamos obligados a hacer algo porque se lo debemos a los demás.

El deber, de hecho, se usa como un verbo modal que da pie a mandamientos como “debes esforzarte”, “debes trabajar” o “debes ser bueno”. Cuando interiorizamos esos mandamientos sociales conjugamos el deber y este se convierte en un mandamiento interno: “debo esforzarme”, “debo trabajar” o “debo ser bueno”.

Se produce entonces un cambio de lo interpsicológico a lo intrapsicológico. La presión social se difumina a favor de la presión interna. En ese punto, según Friedrich Nietzsche, nos convertimos en autómatas que se han quedado atrapados en las redes del deber. Y ese es el camino más directo a «la decadencia y la estupidez«, según el filósofo.

Abrazar valores ajenos conduce a la falsificación de uno mismo

 

Ser la causa de sí mismo, el único responsable de la propia existencia y de la propia acción: esa es la idea que defendió encarnizadamente Nietzsche y el leitmotiv de su obra. El hombre como sujeto activo de su propia vida, que ejerce la libertad máxima y es capaz de liberarse de los mandamientos sociales que le impiden alcanzar su potencial como persona.

Nietzsche luchó contra la moral, al menos la moral impuesta por los diferentes sistemas de control. Creía en la existencia de valores y virtudes que se conviertan en brújulas de nuestra vida, pero solo en aquellos que sean realmente nuestros.

Una virtud debe ser una creación propia, nuestra defensa más personal y una necesidad; en cualquier otro caso es solo un peligro. Todo lo que no representa una condición vital es nocivo: una virtud dictada simplemente por un sentido del respeto por la idea de la ‘virtud’, es dañina”, escribió.

Todas aquellas virtudes que no nazcan de nosotros, sino que hayan sido impuestas y acatadas sin que medie un proceso de reflexión, pueden terminar convirtiéndose en una obligación y, por ende, pueden limitar nuestro potencial haciendo que tomemos decisiones que no nos ayudan a crecer sino que cercenan nuestra inteligencia.

Nietzsche estaba convencido de que abrazar los valores sociales, sin haberlos cuestionado, conduce a desarrollar una moral esclavizante. Por eso debemos asegurarnos de no traspasar el fino límite que existe entre la virtud que conduce a la superación y aquella que se transforma en una regla rígida que termina paralizando al hombre.

En ese sentido, esas virtudes pueden ser extremadamente dañinas. Entonces el sublime mandamiento del “tú debes” conduce a una “falsificación de uno mismo”, como dijera Nietzsche.

El espíritu libre no se ata ni siquiera a sí mismo

Nietzsche también abogaba por desarrollar virtudes y valores pragmáticos y contextualizados. No creía que las virtudes abstractas pudieran aportarnos algo valioso a nuestro desarrollo personal.

Pensaba que cuando “la ‘virtud’, el ‘deber’ y el ‘bien en sí mismo’ adquieren un carácter impersonal y universal se convierten en fantasmas”. Afirmó que “un pueblo perece cuando confunde el deber personal con el concepto del deber en general”. Ese deber convierte el sacrificio en una abstracción. Entonces el sacrificio o cualquier otro valor o acción se vuelven vanos, carentes de significado.

Como antídoto, propuso que “cada persona descubra su virtud por sí sola”, porque esta debe ser el resultado de una “profunda decisión personal”. Para ello, primero debemos realizar un ejercicio de instrospección que implica reconocer y aceptar las sombras y luces que habitan en nuestro interior, de manera que podamos unificar nuestros impulsos y deseos. Solo entonces podremos desarrollar unos valores personales que no estén en continuo conflicto con nuestra esencia.

Encontrar esos valores también implica enfrentarse al pasado sin resentimientos e incluso recrearlo cambiándole el sentido, pero siempre teniendo en cuenta el carácter perspectivista: “todo sentido es creación provisional sin garantías ni seguridades y toda creación responsabilidad y riesgo sin juicio final”, como escribiera el filósofo. Eso significa tanto aceptar nuestro «yo» pasado como la incertidumbre del futuro.

Esa visión nietzscheana nos convierte en espíritus libres. Personas maduras que no están esclavizadas por su pasado y no temen al futuro. Sin embargo, ni siquiera en ese punto podemos bajar la guardia porque siempre podemos quedarnos atrapados en la telaraña de los valores que construimos. “Cuidemos de que no se convierta en nuestra vanidad, en nuestro adorno y vestido de gala, en nuestra limitación, en nuestra estupidez”, advirtió Nietzsche.

El espíritu libre es, por tanto, quien se esfuerza por cultivar su propia virtud en armonía con su naturaleza. Pero también es quien logra liberarse de sí mismo. Por tanto, es una persona consciente de que todo está en permanente cambio. Incluidos sus valores y virtudes.

 

 

Fuentes:

Nietzsche, F. (2011) El anticristo. Losada: Buenos Aires.
Nietzsche, F. (2012) Más allá del bien y del mal. Alianza Editorial: Madrid.

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Si tu frase empieza con “yo mejor no digo nada”, será mejor que no digas nada

 La compulsión por compartir nuestras opiniones

@RinconDeLaPsico

Tenemos una opinión para todo. Somos opinionistas consagrados. Y no hay nada de malo en ello. Es importante que nos formemos juicios propios sobre lo que ocurre. Y que lleguemos a nuestras conclusiones.

Sin embargo, el problema comienza cuando experimentamos una auténtica compulsión por compartir nuestros puntos de vista con los demás. Por decir lo que pensamos. Opinar – muchas veces sin conocimiento de causa. Y también por criticar y juzgar.

Esa tendencia puede hacer que nos convirtamos en kamikazes de la verdad y cometamos auténticos sincericidios. Detrás de un sincericidio no se encuentra un sano apego a la verdad, sino una postura egocéntrica en la que no tenemos en cuenta el impacto de nuestras palabras sobre los otros.

El sincericidio suele esconder una incapacidad para ser empáticos. De hecho, una de las frases preferidas de los sincericidas es: “te lo digo porque a mí me gustaría que me lo dijeran”. Esto demuestra que esa persona decide y actúa desde sus coordenadas, sin tener en cuenta lo que desea o necesita el otro.

 

“Yo no digo nada, pero…” es probable que en más de una ocasión hayas escuchado esta frase o que incluso la hayas dicho. Es, aparentemente, “respetuosa”. Pero automáticamente nos pone a la defensiva porque, en el fondo, sabemos que las palabras que vienen detrás son innecesarias y probablemente causen daño.

Yo mejor no digo nada, pero…

Existe una línea muy sutil entre expresar lo que pensamos y caer en el vandalismo intelectual. Entre ayudar a una persona indicándole sus errores y aplastarla aún más bajo el peso de sus errores. Entre ayudarla a encontrar una solución y dejarla atrapada con un problema.

Cuando comenzamos una frase con las palabras “yo mejor no digo nada, pero…” sabemos en el fondo que sería mejor callar lo que estamos a punto de decir. De hecho, es probable que esa persona ya sepa lo que vamos a decir y nuestras palabras simplemente se conviertan en más sal sobre una herida supurante.

En otros casos, esas palabras no sirven para encontrar una solución, sino que tan solo agravan el conflicto, profundizan la brecha y marcan la distancia con el otro, probablemente en un momento en el que esa persona lo que necesita es validación y apoyo, no críticas y juicios.

Reconocer que no deberíamos decir nada es también una forma de pedir disculpas por lo que estamos a punto de decir, porque sabemos que esas palabras no tienen razón de ser, o al menos no en ese momento y lugar.

Por tanto, la próxima vez que estemos a punto de comenzar una frase con las palabras “mejor no digo nada”, quizá sería mejor que no dijésemos nada. O que al menos nos detuviésemos a reflexionar sobre el impacto que puede tener lo que estamos a punto de decir.

Los 3 filtros que debemos usar antes de opinar

1. Las opiniones no son hechos.  Nuestras opiniones pueden estar basadas en hechos, no cabe duda, pero a menudo también están entremezcladas con reacciones viscerales, emociones, expectativas y experiencias. Eso significa que no debemos confundirlas con la “verdad” y, sobre todo, que no debemos creer que somos poseedores de una “verdad absoluta”. Cuando creemos que tenemos la verdad actuamos de manera prepotente. Y esa no es la mejor actitud para construir puentes hacia el otro.

2. La frustración no es evaluación. Muchas de las cosas que nos ocurren pueden generar frustración cuando no se ajustan a nuestras expectativas, sobre todo cuando otras personas no siguen el patrón que teníamos en mente. Sin embargo, no obtener lo que deseamos no es justificación para evaluar algo negativamente o en términos despectivos. El hecho de que nos sintamos molestos no es excusa para descargar esa frustración en los demás porque nuestra opinión no será objetiva.

3. Querer no es necesitar.  ¿Lo que estamos a punto de decir es algo que “queremos” decir o algo que la otra persona necesita escuchar o que nosotros necesitamos decir? La diferencia es abismal. Hay verdades duras o incómodas que, sin embargo, deben ser dichas para que no se conviertan en un elefante en la habitación. Pero hay opiniones que no aportan nada y que incluso pueden causar daño.

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Debe aceptarse que vivimos una circunstancia sin precedentes, por lo que es necesario atenuar las presiones laboral, escolar o social para evitar el estrés

La falta de actividad física, el exceso en la ingesta de alimentos con baja cantidad de nutrientes, el estrés medioambiental, emocional y celular, que se experimentan durante el confinamiento derivado por la pandemia de COVID-19 en México, son causas que impactan directamente en la calidad y cantidad del descanso nocturno e impiden que se cumpla correctamente la funcionalidad fisiológica, biológica y de desarrollo del ciclo del sueño, informó Víctor Aguilera-Sosa, profesor e investigador del Instituto Politécnico Nacional (IPN).

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¿Cuándo aplanamos la curva del pensamiento crítico?

Rincón de la Psicología                                                                                                                                                                                                                           Link to Alimenta tus Neuronas :)   

 

Cuando estudiaba filosofía, algunos filósofos eran catalogados como “librepensadores”. Otros no. Los primeros recibían una atención somera. Los segundos detallada. Y aquello hacía saltar mis alarmas. Porque si no eres un librepensador, no piensas.

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Declinismo: Cuando le das demasiada importancia a tu pasado, lo conviertes en tu presente

Rincón de la Psicología                                                                                                                                                                                                                  Link to Alimenta tus Neuronas :)                                                                                                                                                               


Mientras más miremos al pasado, más desaprovecharemos el presente. El pasado solo existe en nuestra mente. Nuestra mente, sin embargo, se encarga de reactivarlo constantemente. Volvemos al pasado una y otra vez, hasta el punto que hay quienes se quedan atrapados en sus recuerdos. No logran seguir adelante porque el pasado les retiene con sus cadenas. Así terminan viviendo en un tiempo perdido, donde solo habita la añoranza y no hay espacio para el cambio.

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Avances culturales, Los Pinos y el confinamiento

Glen Rodrigo Magaña

Avanzamos hacia un nuevo entendimiento cultural: en el ámbito internacional, la directora general de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), Audrey Azoulay, y la secretaria de Cultura del Gobierno de México, Alejandra Frausto Guerrero, hablan sobre el impacto en la economía creativa que dejará la pandemia y los ejes para el MONDIACULT 2022.

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Los Guardianes de la Libertad y las técnicas de desinformación

Colaboración Exclusiva

Mouris Salloum George

VOCES DEL DIRECTOR

Desde Filomeno Mata 8

Desde hace décadas, el célebre lingüista y experto en temas de Comunicación política y especialmente en Comunicación masiva, Noam Chomsky, en su obra Los Guardianes de la libertad, nos puso en alerta sobre las técnicas de desinformación instituidas como estrategia de Estado en la Unión Americana por el grupo dominante.

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